lunes, 9 de enero de 2017

EL VÍNCULO CON LOS HIJOS por Mon Gómez

Cuando nacen nuestros hijos deseamos ser los mejores padres, deseamos que sean felices y se convierten en nuestra prioridad. Cambiamos nuestras vidas, aprendemos para ofrecerles lo que creemos que necesitan, y hacemos lo que consideramos necesario para que su desarrollo sea saludable. Estos anhelos y esfuerzos son comunes en los padres y madres que conozco.

Llega al mundo mi recién nacido, lo miro, lo toco, estoy y no necesito mucho más ni él, lo primario se activa habitualmente en las madres y nuestro instinto nos vincula orgánicamente con nuestro hijito. Estamos y con esto ya es todo. No hay nada más alrededor. Está él o ella y nosotros. Confluimos con ellos. Este vínculo amoroso primario y primero es la base de nuestra relación con nuestros hijos/as. La nutrición materna por excelencia.




Y van pasando los días, las semanas, los meses y los años. Los niños van cambiando, nosotros también, vamos siendo, cada vez con más libertad de ser y estar y hacer. Y los momentos vinculantes van aminorando.

 Es natural que con la aparición de otras personas e intereses en la vida de los niños/as aparezca una respiración en que en un polo está el alimento materno del vínculo y en el otro las interacciones autónomas con otras personas u otros intereses/ materiales : los papás tras unas semanas se hacen más presentes, más tarde otras personas cercanas de la familia o amigos frecuentes,  empieza a cobrar interés el entorno y son más independientes para poder interaccionar, más tarde inician relaciones con otros niños y niñas, conocidos/as, las personas habituales del pueblo o barrio, y el círculo se va ampliando hasta la adolescencia que es  una poderosa etapa de expansión/ contracción, en que es importante estar solos y también que el círculo sea cada vez más grande para poder ir respondiendo con estos contactos y con una nueva respuesta,  a  la pregunta de "¿Quién soy yo en este mundo?"

Mas cuando los niños cuentan con corta edad, en su infancia, incluso en sus interacciones sociales, nuestra presencia les es necesaria para orientarlos, protegerlos, acompañarlos en su asertividad, mirarlos… y, si estamos disponibles, la tomarán como un bien preciado para su desarrollo.

Mas los padres y madres habitualmente nos desvinculamos a un ritmo acelerado si lo comparamos con la necesidad de los niños. Nos cuesta mantenernos en presencia y los tiempos de fusión  van rebajándose. Nos parece que ya pueden jugar sin nosotros presentes, pueden relacionarse sin nosotros presentes, pueden .. y así es, van adquiriendo esta capacidad, pero aunque vayan pudiendo físicamente, desean desde el amor que estemos frecuentemente alimentándolos con nuestra mirada y presencia, no por una cuestión de supervivencia clara como en el caso de un bebé sino por una cuestión de desarrollo y confianza en sí mismos. 

El desarrollo infantil es lento. En esta sociedad apurada cuesta aceptarlo. Andamos a prisa en todo incluso en estirar a los niños para que crezcan antes. Y somos seres nidícolas biológicamente, es decir, nuestro desarrollo va ligado a un largo tiempo de permanencia en el nido y el nido, además que  la casa física, son mamá y papá;  al contrario de los patos que son nidífugas y saben nadar nada más nacer, los seres humanos para poder aprender a vivir nuestras emociones, conectar nuestros intereses y movernos con capacidad, requerimos de largos años de atención por parte de los adultos de nuestra sociedad.

En algunos casos el tiempo de vínculo se rebaja drásticamente: guarderías, colegios, extraescolares, y cuando los peques están en casa a veces las mamás o papás buscan entretenimientos para que no molesten. Y los niños o se habitúan a esta carencia y la copiarán en su relación consigo mismos o protestan y no sabemos qué quieren, qué les pasa, “si hace un rato que estuve ya contigo, y ya está reclamando otra vez” o juicios duros “ eres un pesado, a ver si me dejas un rato en paz” de los que los niños extraen quiénes son dada su condición fusional con el adulto cuidador: “ soy un pesado, mamá no puede estar tranquila conmigo, le molesto” y necesitan disculpar al adulto del que dependen para poder integrar esta información que para ellos es veraz y además funcionar atendiendo a lo que su madre ( objeto de su amor) le dice que es ( un pesado) y que parte de una carencia de vínculo amoroso de la madre hacia el niño. Cuando crezcan, y su voz interna les pida atención genuina se responderán a sí mismos: “eres una pesada necesitando esto y lo otro, y atención y amor” y no se podrán dar amor a sí mismos y seguirán buscando fuera y devaluándose dentro en un círculo vicioso.

 Cuando la atención no es genuina, no reconforta, la sensación de carencia permanece o cuando es muy esporádica o el acercamiento se produce en la mayoría de las ocasiones para recordar que “ hay que ordenar, terminar la merienda, etc.”


Nuestros hijos están “enamorados” de nosotros, es un mecanismo biológico que ayuda al aprendizaje y el desarrollo, sienten un amor tan profundo que nos necesitan como nosotros necesitamos a aquellas personas que nos inspiran amor, quieren vernos a menudo, hablarnos de lo suyo, contarnos, escucharnos, que nos interesemos por sus intereses y los acompañemos en su vida, como cuando tú conociste a tu marido o a tu mujer y bebías los vientos por él o ella.  Y la manera de mostrar y pedir amor atiende al contacto corporal frecuente, al contacto compartiendo intereses y al contacto amoroso emocional.

Y pareciera que hubiera un deseo de que los niños crecieran rápido o sin hacer mucho ruido, sin interaccionar mucho con nosotros directamente mas no creo que sea un deseo auténtico, sino una dolorosa herencia social y personal,  pues las mamás suelen hablar de lo rápido que pasa el tiempo en la crianza e infancia de sus hijos, con nostalgia. A mí me sorprende esta apreciación. Personalmente no he tenido esta percepción desde que han nacido mis hijos. Hoy creo que tiene que ver con esta idea de estar o no presente, estar o no disponible, estar o no vinculada o echar en falta lo que no se completó , lo que no fue.

Cuando estás vinculada a una persona, el tiempo es eterno. Se diluye la sensación de reloj y va tan lleno, que es un tiempo inmenso. Mas no hay nostalgia porque permanece la presencia en la nueva etapa y la anterior se vivió con dedicación. No quedan flecos pendientes. O quedan menos.

En los grupos de trabajo de adultos, pasa a menudo en mis talleres, que las personas se vinculan desde el primer día, parece como si se conocieran y se sintieran a gusto, cómodos y quieren a sus compañeros. Es porque hay presencia, nos escuchamos genuinamente, compartimos con autenticidad los juegos y hablamos desde el corazón. Estamos para eso. Esto es vinculante y es el alimento relacional más importante que recibe el ser humano desde su nacimiento.

Con los niños esta necesidad es vital. Estar para ellos, estar para mirar lo suyo, acompañar sus emociones, para jugar, estar para perder el tiempo con ellos ganándolo es el alimento para que sigan siendo quienes son y quienes llegarán a ser y lo vivan en valor.

Pues más allá de lo que pueda suceder, incluso si en ocasiones tenemos conductas inadecuadas con nuestros hijos, este vínculo permanecerá y será el fundamento de la relación sana, nutritiva, incluso de poder reparar con amor cualquier situación de desconexión.

(C) Mon Gómez. La Puerta Azul



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