domingo, 17 de junio de 2018

VALORACIONES DE PERSONAS QUE HAN PASADO POR MIS TRABAJOS


Durante estos más de 13 años de formación han viajado juntas y conmigo cientos de personas participando en los talleres de Acompañamiento respetuoso y para la libertad, en el trabajo de Ser Pareja, consultas o supervisiones a espacios educativos. Ha sido todo un privilegio.

Me encantaría poder compartir con palabras el ambiente de confianza, entrega y respeto, de darse cuenta, de apoyo y acompañamiento que ha habido, y no es posible más que viviéndolo. 

Así que comparto con vosotros las valoraciones de algunas personas que han estado en este viaje conmigo y han querido poner palabras a su proceso:


"En estos primeros meses de formación he descubierto aspectos de mí y de mi niña interior que desconocía por completo. 
Me atrevo a reconocer humildemente, primero hacia mí, todas las sombras que descubro, acompañándome y aceptando que viven en mí, y que se pueden cambiar también. 
Son menos las veces en las que me escondo tras el velo de 'yo soy así', y puedo llorar, limpiar mi alma con las lágrimas que florecen de este camino difícil y maravilloso que decidí coger, llorar al fin, tras tantos años de lluvia en la garganta. 
Acompañar a mi hijo desde este lugar me ayuda a estar más presente, a ser más amable y amorosa, y acercarme un poco más a esa madre que siempre he querido ser, con mis luces y mis sombras. 
Gracias Mon." 

Verónica Gálvez,  mamá de León

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"Para mi el curso de acompañamiento respetuoso ha sido un antes y un después en mi vida.

Me ha permitido hacer un viaje a lo más profundo de mi misma y experimentar una gran transformación.

Ahora vivo con más calma y más consciente y esto, me ha permitido, de alguna manera, " separarme" de mi hija  pudiéndola ver tal y como es, una niña aprendiendo y viviendo sus propios procesos.

Gracias Mon por tu acompañamiento y tu amistad."

Marta Romero, madre de una niña de 6 años y terapeuta corporal

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"La maternidad me puso por delante la necesidad de encontrarme con mi niña interior...tenía dudas y certezas que en la formación he podido comprender e integrar acompañada desde el respeto y de una manera muy amorosa.

Consciente de que es un proceso que puede durar toda la vida si quiero, este año estoy muy agradecida por cada toma de conciencia y cada puerta abierta en mi ser madre. Es todo un lujo con Mon y con un grupo de compañeros y compañeras humanas como yo y en camino.
Cuánto se aprende también de que en la diversidad nos une el mismo interés.

Estoy convencida de que nuestra sociedad, nuestro entorno, nuestras familias, nuestros hijos e hijas y nosotras mismas necesitamos más espacios de crecimiento como este, en el que aprender, llorar, celebrar y disfrutar plenamente de nuestra maternidad/ paternidad acompañados y acompañadas de nuestros maestros...los hijos e hijas"

Marián, mamá de Lucas y Zoe

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"Abrir y cruzar esta puerta supuso tocar con mis profundidades, mi verdadero comienzo del cambio
No inicié un proceso de formación, sino que ahondé en mi proceso de vida, de desarrollo, de crecimiento...
como hija, como mujer, como madre...
Y es al abrigo de la puerta azul que el camino no lo hago sola... camino al calor del grupo, de mis compañer@s... 
Acogida generosa y amorosamente por la maravillosa familia que abre cada día esa puerta, que nos recibe para  seguir aprendiendo, para seguir creciendo, para seguir viviendo...
Familia a la que mi hija y yo nos sentimos especialmente vinculadas,
cerca aún en la distancia
Enormemente agradecida..."


Yaisa, mamá
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"Para mí esta formación ha sido un auténtico descubrimiento de mí misma. Me ha ayudado a ser consciente de todo lo que interviene en el acompañamiento de mi hijo y, gracias a esto, he podido empezar un nuevo camino, como madre, pero sobre todo como persona."

V.S., mamá

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"Mi marido y yo lo empezamos en Abril y continuaremos en Septiembre 100x100. Es un curso donde sacas lo mejor y lo peor de ti mismo para avanzar hacia un acercamiento personal más acertado con los niños y adolescentes que trates. Agradecidos de poderlo sumar a nuestro comenzar y recomenzar diario...los frutos se notan. Nos resta por vivir todo lo que nos queda por conocer."

Teresa de la Campa, 28 años, casada, Graduada en Derecho y madre de dos hijos de 30 y 10 meses.

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"A lo largo de esta formación he ido experimentando muchos cambios que  han transformado mi manera de relacionarme con mis hijos, con mi pareja, con mi madre y con mi padre y con el resto de personas con las que me relaciono en el día a día, consigo relaciones más auténticas y satisfactorias. Me siento más segura a la hora de tomar decisiones y siento que mi vida es más coherente. ¡¡Gracias de corazón Mon por acompañarme en este tramo del camino y ayudarme en este cambio de mirada!! y ¡¡gracias a mis compañerxs de grupo por estar ahí siempre que lo he necesitado!!"

E.G.E.

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"A mí personalmente esta formación me ha ayudado a ver a mis hijos e incluso a mi marido con otros ojos. Algo que era para mí muy necesario y que me está ayudando en la convivencia.
Me he sentido comprendida y he visto que no " estoy sola", que hay otras personas a las que les pasa lo mismo  que a mí. Y eso es muy reconfortante."

Adelaida Méndez, mamá y profesora.

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"Lo que hemos compartido durante estos años juntas, para mí ha supuesto una gran toma de realidad. Debido al estrés y las circunstancias a veces me he sentido perdida como "volando sin sentido" y después de cada taller mis pies volvían a pisar la tierra. Llegaste a mi vida en el mejor momento posible pues más que nunca necesitaba tocar tierra firme y mirar dentro de mi, conectar con mis necesidades auténticas y darle nombre a mis heridas para cerrar capítulos sin poner tiritas, alcanzar mi libertad para poder acompañar desde ahí. Me queda mucho por hacer, creo que este trabajo dura toda la vida pero al menos se en qué dirección quiero ir.
Te estaré agradecida siempre y me encantaría que me siguieras acompañando en mi camino, me encantaría que estuvieras más cerca pues creo que me ayudas a ser mejor persona y por consecuencia, mejor madre y acompañante en mi trabajo."

Olivia Galán, acompañante en espacio respetuoso y mamá.
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"Al principio no sabía muy bien q me iba a encontrar,  pero debo decirles q que superó mis expectativas, en estos encuentro he aprendido mucho,  en un clima agradable y positivo.
He aplicado con mis peques todo lo aprendido y la más grande de las satisfacciones es ver a mis hijos como agentes multiplicadores de lo aprendido.
Me ha dado la oportunidad de adquirir varios aprendizajes pero también las herramientas y consejos para crear relaciones saludables entorno a mi.😘"

Macarena Capote, madre de día


 Como acompañante vuestra durante estos años para algunos, meses para otras, os estoy profundamente agradecida por todo lo que me habéis enseñado. Por  la honestidad, confianza y cariño que depositáis en nuestros encuentros. Y por el cuidado al grupo al que pertenecéis.

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FORMACIÓN EN ACOMPAÑAMIENTO RESPETUOSO Y PARA LA LIBERTAD: secuencia de temas y talleres
 
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ALGUNOS MOMENTOS DE LAS FORMACIONES DE ESTE CURSO:



















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lunes, 8 de enero de 2018

CUANDO LOS PADRES TOPAMOS CON NUESTROS LÍMITES ( I parte) por Mon Gómez

Cuando los padres topamos con nuestros límites

Hablamos a menudo de limites hacia los hijos y a mí me parece más interesante hablar de los límites de los padres para que reviertan en la relación con los hijos que suelen ser espejo nuestro.

Dependiendo de nuestro grado de libertad y nuestra confianza en nuestra propia autoridad variarán estos límites y lo harán también en claridad y amplitud.

¿Qué dificultades tenemos con ello los adultos acompañantes?

Cuando nuestros límites son poco amplios o amplios en exceso:

1.       Confusión de informar de límites con diferentes modos de violencia: gritos, amenazas, tirones del cuerpo, desprecio, indiferencia, manipulaciones, mentiras y engaños… no nos atrevemos a contactar con lo que sí o con lo que no.
En los momentos en que necesitamos informar de un límite o recordar una elección familiar  a la hora de relacionarnos con las personas o los materiales, se nos activa el automatismo de cómo lo hacían con nosotros en la escuela, nuestros padres o cuidadores: lo primero suele ser la aparición de un juicio y una decepción por no ver cumplidas ciertas expectativas sobre cómo debería ser nuestro hijo (ordenado, tranquilo, conciliador, agresivo… o lo que sea que cada uno tenemos en nuestra cabeza) o sobre cómo debería ser la vida (más fácil, sin conflictos, siempre una alegría..) o cómo nosotros debemos ser como padres o madres (perfectos, impasibles, siempre adecuados, ecuánimes, sin mancha...)
En esos momentos los niños necesitan más que nunca nuestra solidez y amor.
Informar de un límite desde la bondad y la fuerza de tenerlo presente para que la vida se dé más relajada.

2.       Dificultad de proporcionar solidez y amor porque duele
Este sería un segundo paso. Si me observo voy a ver qué me está doliendo. Que hay algo que se me remueve cuando mi hijo no quiere recoger (es desobediente o desordenado o cualquier otra etiqueta que le ponga) o le pega a su hermana (es violento, no asertivo.. o como yo lo juzgue) y ese es el tema. Cuando yo era niño y me comporté así y mi padre o madre me juzgaban y me manipulaban para que no lo hiciera más, entonces yo sentía dolor y es ese dolor el que en segunda instancia siento
Como me cuesta mucho ponerme en contacto con él y en muchos casos no sé ni que existe, automáticamente, salto a la irritación o me desconecto directamente, desapareciendo de la situación o paralizándome. Tanto miedo hay al dolor y desconfianza de no saber acompañarme.
Normalmente tras observar mi acompañamiento y mis violencias empieza a dolerme (es mi niña herida que está panza arriba temiendo “morirse” o  “no sobrevivir” ) y de hecho hay una parte que no sobrevivió en aquel momento, así que en estos momentos borro, me olvido, de que  hoy soy la adulta de que hoy tengo cuarenta años, y vuelvo a ser esa niña pequeña dolida.  Reconocer mi adultez y acoger a mi niña desde la adulta, confiando en que puedo acompañar nuestro dolor como parte genuina y legítima de la vida (y que no es verdad esa premonición de que no puedo acompañarme en el dolor, de que cuando duele es mejor mirar para otro lado) me llevará a poder complacer y acompañar a mis hijos e informarles de aquello que les puede producir daño a otros y a ellos sin problematizarlo.
Este momento, en ocasiones, viene acompañado por temblores, emociones que se me desbordan, un cuerpo que empieza a tener sensaciones, a recuperar lo que fue, porque ya está preparado para transitarlo. Un cuerpo que empieza a sentir y desde este sentir y su reconocimiento es como puede empezar al mismo tiempo, y entendiendo que somos seres diferentes, a estar en el sentir  propio y a percibir el sentir del hijo/a, que no es más que consentir en muchos casos (curioso como se ha vilipendiado esta palabra con su hermosa etimología) 
Confiemos en nosotras mismas y busquemos los apoyos necesarios también para transitar este proceso de despertar.

3.       El dolor está ahí y ya no se apropia de mi, puedo acompañarlo desde esta otra parte que ama y entonces empiezo a preguntarme: ¿para qué? ¿para qué aparece todo este daño, este dolor?  Mi niña pequeña, la que aún habita en mí, esa que sigo siendo yo, que no sabe cómo hacer, que aún en ciertos momentos no cuenta con esta adulta que también soy, y desaparece en ciertas crisis, teme aún al dolor, a la soledad ante ese dolor, a esa misma soledad que vivió de niña. Así que evita entrar en situaciones que se le parecen a aquellas que conoció (pues el subconsciente no sabe de tiempo, ni de espacio...) y su primer instinto es escapar, huir, mediante la huida real de la situación actual o mediante la ira, deflectando, quitándole importancia a la situación, riéndose, mediante el sarcasmo...cualquier truco que le sirva para evitar el contacto con lo que hay.
 Finalmente cuando empieza a haber adulta acompañante entonces empieza ese permiso para evocar con conciencia ese tiempo y lugar antiguo donde no había recursos reales para afrontar una situación parecida a esta que hoy estás viviendo con tus hijos (solo que entonces tú eras la niña y hoy eres la madre), esa parte niña de mí me lleva allí cuando en el presente se da una situación similar a esa otra vivida, yo me llevo allí y me olvido de estar aquí mientras tanto. Y me llevo allí porque aún hay algo pendiente y para seguir aquí necesito nombrarlo  y poder acompañarlo, aceptarlo amorosamente y respetar su ritmo de sanación. 
Así que para seguir aquí con mis hijos inevitablemente necesito acompañar a esa niña que yo soy y fui, apropiarme de la adulta que soy y poder hablarme desde aquí: “ Estoy aquí con mis hijos, ahora tengo miedo, una parte siente dolor y ese dolor no es el de hoy, ya fue, hoy estoy aquí, acompaño a mis hijos, y  puedo acompañarlos y amarme en esto que siento también, sabiendo que es un fantasma de lo que fue y hoy soy adulta "; así que ...“RESPIRO EN MI LÍMITE” y poquito a poco voy adquiriendo flexibilidad, confianza en mí y acompañando al otro, cerrando temas pasados, que con este mecanismo nos dan una y otra vez la oportunidad de amarnos y amar lo que es y lo que fue, para entrar en la ternura, en la aceptación .
Y buscar los momentos para compartir en grupo de confianza esos episodios aún no cerrados, darles nombre y voz, transitar emocionalmente, acompañándome y siendo acompañada por otros,nombrar y reconocer qué necesidades siguen sin satisfacerse aún hoy y actuar su satisfacción sin reclamo de lo que  no fue. Hoy, yo, adulta, puedo satisfacerme en esto o buscar a algún otro adulto cercano amoroso que en la relación me satisfaga.
4. Y con esa misma ternura y aceptación observar qué sucede en el presente con mi hija o hijo, si requiere de flexibilidad o de autoridad, si es necesario informar de un límite coherente con la vida o respirar y esperar y confiar. La respuesta llega clara...porque hay amor, se puede observar sin problematizar la situación.



Y me voy dando amor que es el antídoto del dolor…y amando a mi hijo/a, aceptando lo que de ellos deviene y de mí.

Me voy fiando de mí misma en lugar de controlar mediante acciones violentas o de reprimir o paralizarme, y poco a poco me fío y al fiarme de mí también puedo fiarme de mis hijos, confiar en que encuentren sus maneras sin intervención, con validación y presencia. Mirarlos y saber que eso que de ellos deviene es su mejor respuesta, la perfecta respuesta emocional o corporal o intelectual para este momento y que si la acompaño, entonces, devendrá su crecimiento.

Claro, el tema es que esto también lo puedo llevar a cabo como “una receta”. Me leo un libro o escucho a alguien que me lo cuenta, y lo copio y parece que estoy validando, en presencia, otorgando el poder al niño para resolver, confiando, y lo que en ocasiones sucede es que solo lo parece pero no lo es y en cuanto “dejo de controlar o manipular” salta una parte de mí absolutamente olvidada, que no estoy atendiendo: mi niñita herida, la que grita de miedo, la que huye o se abruma ante el rechazo, la que se paraliza, la que llora y se deshace en desamparo…. ¿Por qué? Dependerá de la historia de vida de cada padre y madre que esto se irá dando en un caminito en círculos concéntricos de observación personal y movimiento en la relación con ellos. Nadie lo puede caminar por ti y sí a tu lado. 
Más es importante que comprendas que parte de eso que te pasa por lo que te es difícil el acompañamiento respetuoso a tu hijo, ya no es presente, son procesos no cerrados que interrumpen tu  verdadero presente, tu estar aquí con ellos, tu satisfacción y la plenitud de tus relaciones de hoy con tus hijos, tu pareja, tus amigos, tus padres o tu jefa...o contigo misma. Y también que sin ser presente es necesario atenderlo para que el presente se dé como tú te mereces
Esto es un proceso. Acompañar en comunidad y con conciencia nos va llevando pasito a paso a descubrir estos movimientos internos y a conectar con un estar más auténtico y amoroso para nuestros hijos y nosotros.


miércoles, 30 de agosto de 2017

EL PRINCIPIO DE GENEROSIDAD EN LA RELACIÓN CON LOS HIJ@S, por Mon Gómez

Elijo el principio de generosidad en la relación con mis hij@s y conmigo misma:

  •          Mi necesidad de intervencionismo es una capa superficial de mi confianza en la vida, en la capacidad de movimiento, intelectual y emocional de mi hijo/a y, como tal, elijo no jugármela y sí validar sus posibilidades.

  •           Mis temores son una capa superficial de mi deseo y placer, y ya que son míos, decido no darles de comer y elijo acompañar el disfrute y la exploración de la sexualidad de mi hijo/a y lo legitimo.

  •            Mi sordera es el paso anterior a mi capacidad de escuchar y reconocer el estar y el ser del otro/a….y elijo mi querer complacer a mis hijos y  escuchar la expresión de sus necesidades y lo legitimo.

  •           Mi desconexión es la excusa para no darme la vida en plenitud y no dársela a mis hijos,  y descubro que tras ella hay inmensa fuerza vital, enraizamiento en el presente continuo y, desde ahí, elijo acompañar, mirando, reconociendo, e intuyendo a mis hijos desde el vínculo que nos une y la comprensión de quienes son aquí y ahora.

  •  ·         Mi obligación de resolver oculta mi pasmo por lo nuevo de la vida y las relaciones que desconozco y acompaño sin saber qué será, cómo será, desde la inocencia de los nuevos ojos de un niño y la lucidez de saberme ya adulta, y desde ahí elijo acompañar los confictos u otras situaciones entre mis hijos y conmigo u otros, confiando en su desenlace, valorándolo como el necesario, sea cual sea y desde el respeto a la vida.

  •  ·         Mi desconfianza es la antesala de mi confianza y, ya que así es, no le doy fuerza y elijo dar dos pasos atrás en aras de la autonomía y libertad de mis hijos.

  •           Mis automatismos destructivos me hacen seguir en la rueda del hámster mas tras ellos está mi creatividad para ofrecer lo mejor de mí a mi hijo/a en nuestra relación, y la elijo desde mi libertad, la elijo y me vinculo desde ella.

  •  ·         Respiro ampliamente en mi vida y pongo mi amor a disposición de quién es mi hijo/a y quien soy yo como madre/padre.

  •            Amo incondicionalmente a mis hijos desde mi posición de adulta, dando y agradeciendo en lugar de esperar que a mí me amen por lo que hago o por lo que soy. Y ese amor me nutre, no es moneda de cambio. En el presente se da, y en el presente se queda.


Mas no niego que temo, no niego que desconfío, y no niego mi desconexión: están en mí, míos son y los acojo, y me amo con ello y es ese amor el que me permite acompañarlos y, sintiéndolos, elegir lo que prefiero para mi vida y para mi relación con mis hijos.

Quién tan loco de pensar que habrá felicidad sin haber aprendido antes a amar, parafraseo a Claudio Naranjo.

¿Y tú, qué te has dado cuenta que ocultan ciertas emociones o acciones con tus hij@s?

Acrílico de Alice Miller



Mon Gómez




Consultas individuales y formación a colectivos
en acompañamiento consciente a los hijos/as y
crianza respetuosa con sus procesos de vida 

Teléfono: 682828378

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jueves, 17 de agosto de 2017

PARIR por Mon Gómez

A las cinco de la mañana del día 17 de agosto no podía dormir. Me duché para calmar el picor del cuerpo entero que me envolvía desde hacía noches; la extensión central en que me había convertido.
Al secarme, un hilo de licor caliente se dejó. Se lo dije a Blas. Contestó que" siguiera durmiendo que eso no era". Pero sí era. Vertí más de un litro en el colchón cubierto de toallas durante lo que restaba de mansa oscuridad hasta el amanecer.
Por la mañana él se fue a trabajar, yo me quedé plácidamente derramada. Telefoneé a las matronas. Me dijeron que esperara hasta que tuviese más síntomas, aún podían pasar días u horas. Llamé a Mimi, la amiga que había elegido como acompañante para el parto en casa. Le conté que había roto aguas y que se quedase tranquila hasta que la avisase. El nacimiento aún no iba a comenzar pero ella se vino a mi lado tras conducir 80 km. desde el mar.
La tarde del 17 la pasamos los tres (Blas había regresado del trabajo a media mañana) sentados en el sofá blanco esperando a que viniese el bebé. Pero la cría no llegaba. Mi hembra se sentía vigilada, no dejada nacer. Y después supe que le faltaba la mano ancha, donde agarrarse para tomar impulso.
Más tarde, cuando Mimi ya no estaba, salí con Blas a pasear por la ciudad para relajarme. En un callejón estrecho del centro el agua arrolló de nuevo mis piernas. En ese preciso momento dos policías patrullaban por aquel desierto rincón en verano. Frenaron en seco. Miraron por el retrovisor. Dieron marcha atrás. ¿Están bien? No, no, si no pasa nada. El agua me inundaba. ¿Pero…? Sí, sí, no se preocupe; solo que he roto aguas. Incredulidad. ¿Les llevamos al hospital? No, no, qué va, si vivimos aquí al lado, ya vamos tranquilamente caminando a casa. Nos fuimos, huyendo como quien esconde un secreto. Nos dejaron, dándonos por imposibles.
Hasta las once de la mañana del día 18 no llegó la pareja de matronas. No sé si tengo contracciones. Siento cierto dolor sordo pero no sé si esto son contracciones. La matrona hombre me contestaba con mucha filosofía, muchas palabras. No podemos estar viniendo a cada rato. La matrona mujer me entendía. Ella me dijo: vendremos todas las veces que lo necesites. Mi útero se contraía sin dolor. Todo había comenzado pero no lo supimos oír. Se fueron y nos quedamos juntos Blas y yo.
Así que a las dos comimos, me eché la siesta hasta las cuatro y media, tomé una galleta al despertar y en aquel momento, al sabor del paladar dulce, se despertó conmigo la hembra que parió. Se rompió. El dolor desgarraba sus entrañas.
El agua caliente me inundó de nuevo las piernas, aparecieron unos sospechosos coágulos de sangre oscuros y, finalmente, el meconio, cada vez más denso. Mi hijo pujando por ver el mundo. Después, la paz entre contracciones, el dolor que se borraba y del que no quedaba recuerdo fidedigno al minuto siguiente. Esto es una contracción, le dije a Blas. Estoy convencida. Blas, reloj en mano: menos de dos minutos entre la segunda y la tercera.
Llamamos a las matronas, nos dijeron que era necesario ir al hospital. Rotura de aguas con meconio. Había que irse rápido. En mi un apaciguado silencio interior entre los estertores imparables de cada contracción. Sabía que me expandía, que el movimiento espasmódico de la vida me tanteaba y, entremedias, un estado de gracia, distante, centrado, en el que veía correr a mi marido cogiendo la maleta, olvidándose de tal cosa o cual y le daba instrucciones de un minuto y diez segundos desde una bonanza absoluta, terrenal. Todo agitándose a cámara lenta en el torno que me circundaba.
A las cinco y diez de la tarde llegó la ambulancia. Subió a casa un médico, Marcos, como el de los dibujos animados, así, tristón, como él también. Entre bromas me pinchó o similar, me colocó una máscara en la boca o similar y me daba instrucciones sobre no sé bien qué o algo similar. Después, no encontraba el corazón de nuestro hijo. No se oye, dijo. Mi paz trastabilló volviendo del revés mi garganta. Estaba auscultándolo con un fonendoscopio.
Blas sabía escuchar su latido colocando la oreja sobre mi barriga. Por casualidad, dos días antes lo habíamos intentado con el fonendoscopio que nos había dejado mi cuñada junto al aparato de tomar la tensión y sabíamos que no era fiable, apenas se oía. Lo insté a que lo hiciese por el método natural. El médico lo disuadía. Lo insté a que lo hiciera. Apoyó su oreja en mi barriga. Ahí está -me dijo- ¡está bien! Lo abracé. Lo amaba. Mis rasgaduras internas me volcaban sobre mí misma otra vez y me retraían. Me contraía, hacia dentro. También, de nuevo, tras ello, la paz.
Mi habitación se había convertido en jaleo. Tubos, voces, siéntate, no podía, quería estar de pie. A duras penas conseguí llegar hasta el ascensor. Bajamos en la plataforma, con la vía puesta, el oxígeno, en una silla del comedor, chorreando fluidos. Apenas podía moverme. Juntos pariríamos, en unión, acompañándonos en el baile, pensábamos mi marido y yo durante los meses que duró el embarazo y nos preparábamos para recibir a nuestro hijo en algún lugar entre la azotea y la habitación de nuestro hogar. No le dejaron subir a la ambulancia. Su historia es, pues, otra y la misma.
Las entrañas se me resquebrajaban y cada adoquín de cada calle de la zona vieja de la ciudad por la que se embalaba la ambulancia me penetraba en las células del bajo vientre. Mi hijo va a nacer ya. No puedo esperar. No, no, aquí no puede nacer. Debes llegar al paritorio. No puedo esperar…


Me agarré a la mano nudosa del enfermero. No veía. “Non vexo nada” decía mi madrina antes de morir, sus últimas palabras, “Non te vexo, neniña”. Y yo tampoco veía a nadie. Sabía que estaban pero ni miraba ni podía ver más que lo que mis ojos captaban sin querer y rechazaban. La muerte y el nacimiento. La mano de mi madre mientras cosían a la niña que fui en la casa de socorro tras haberse caído por las escaleras, la mano de mi madrina al morir aferrada a la mía, las manos de mi amor sobre mi cuerpo, la mano de aquel enfermero sujetándome los límites del poder. Todo uno.
Al llegar al hospital el pasillo de urgencias estaba inundado de gente. Sentía sus presencias mirándome inquietos. Mi boca abierta, dilatándome la vagina, la garganta, los conductos de mi cuerpo dejando paso al aire, a su respiración. La matrona hombre también estaba en aquel pasillo. Lo vi pero no lo miré. No me daba confianza. Había venido a ayudar y ayudó a Blas a entrar en el paritorio.
Eran las seis de la tarde y la fuerza centrípeta salía por mi boca en grito, abriéndose paso en la camilla como inaugurada iba mi vagina, hasta el extremo.
Llegué a la sala blanca, tan distinta a aquella otra de las siete semanas de embarazo donde Victoria, mi ginecóloga, me hizo escuchar por primera vez el latido de Jacobo después de que se agarrase fuerte a mi endometrio. Se me olvidaron las decenas de ojos que me miraban, los estudiantes que usurparon mi intimidad, la médica que me atendía, las enfermeras que me hacían preguntas inoportunas y me negaban su tacto, no había nada más que la hembra: ni siquiera pensaba en mi cría. Ella sabría salir. Yo no tenía más opción que lo mío. Ineludible, inmenso, radiante, rabioso, inminente, latiendo en mi deformado sexo.
Cerré la boca, convoqué la fuerza entre las piernas, cerré la boca, convoqué la fuerza hacia mi sexo, ostentoso, orondo, extenso, inmoderado. Vino a mí el palomar de la Breña. La imagen del antiguo palomar del S.XVIII con sus pasillos hasta medio cielo poblados de nidos de paloma horadados en su materia. Cada nido un útero, una paloma viva. Cada nido de paloma un útero, cada útero una vida. Esparciéndolo todo de estrellas. Cada nido de paloma un útero, cada útero una vida. Cada vida, amor. Cada nido de paloma un útero, cada útero una vida. Una vida en grito. Sonidos llenos. Arrojada. Me guié por la voz desconocida que dictaba cada uno de mis movimientos y me embriagó la risa y así, entre carcajadas, mi hijo se deslizó lentamente, sin gravedad, enfundado en el canal de parto que lo sujetaba.
A las seis y veinte llegó Jacobo y era tal el sosiego que apenas sonreí. Estaba. Era. El sentido inefable. La rotundidad. No me moví. No lloré. No hablé. Solo acogí a mi cría y la deposité en mi pecho. Tan natural como si toda la vida lo llevase haciendo. Sin estridencias. Plácida.
Los primeros meses después del nacimiento, el mundo desapareció y el nido salió a ocupar toda la superficie que habitábamos. Allí nos quedamos los dos acunándonos. Después, los tres, también el padre. Con derecho y firmeza, entre arrullos y el sueño. Denodados de amor. En cada nido de paloma nos creció un junco, y era cada junco la fuerza de la tierra subiendo por mis piernas, sensual, flexible, decidida, materna. Cada nido de paloma fue entonces un jarrón lleno de tierra y en cada jarrón lleno de tierra nació una flor. Inundaban las margaritas blancas mi hogar. Donde ellos estén, será. Cada nido de paloma un útero, cada útero una vida. Abierta y completa. Giró la perspectiva.
Y así llegó, profundo como el cielo, este amor, que se prende de mis ojos y me deja unida a Jacobo en la madriguera, sus primeros bracitos alrededor de mi pecho que casi no alcanzan a rodear su fragilidad.

Mon Gómez

sábado, 12 de agosto de 2017

"EN MI COLE NO PONEN NOTAS" por Mon Gómez



- “En mi cole no ponen notas”- le dice a una compi del barrio.

- ¿Y eso cómo es?- le contesta la otra niña.

- “En mi cole trabajamos la gestión de emociones y la autoconfianza” – le responde la del cole alternativo.

Y la madre le demuestra con su gesto y su afirmación lo orgullosa que está de que ella diga estas cosas.

Que ella diga estas cosas implica que tiene seguridad en sí misma y sabe de qué habla. Así que se valora con buena nota en casa. Y aunque no tiene boletín, la niña lo sabe sin ninguna duda, desde el pelo a la médula. Tiene cinco años.

Cuando van hacia el coche- vienen de una excursión en el campo- que se limpie las botas de barro para que no ensucie ni un milímetro el impecable interior es importante, crucial… digamos que se gana una buena nota con ello; si no es así, suspende en casa (puede ser que se diga con un gesto de desaprobación, una descalificación “ a ver que vas a ponerlo todo perdido” en tono despectivo… o “tienes que ser limpia, hija”  con cierta agresividad contenida o simple firmeza)  Así que en casa me ponen buena nota si soy muy limpia.
También si mi vocabulario es preciso y denota mi saber de metodología de coles alternativos.
En el cole no me ponen notas, pero en casa sí.

Cuando empiezan las escuelas libres, en aquel momento había una palabra que genera reflexión en las familias que enfocan el camino de  la libertad de ser de su hijo/a: “condicionante”.



¿Qué es un condicionante? Puede ser un gesto, palabra, juicio o expectativa, que contenga cómo debe ser mi hijo y lo condicione para ser de una manera que genuinamente no le viene. Educar, digamos, tal como está planteado en nuestra sociedad, en un sentido general,  es condicionar: domesticar. De alguna manera está “ mal visto” no condicionar, puesto que el permiso de ser no es acogido socialmente con prestancia. La presencia y el permiso que genuinamente proporciona el desarrollo humano real, en ciertos círculos está visto como no ejercer de “padres”. Sería interesante revisar qué significa ser "buenos padres” socialmente: ¿Gestionar la adaptación de nuestros hijos a esta sociedad con cierta dosis de enfermedad?

Nuestro foco, hereditariamente, anda en cómo debe ser en ocasiones el niño/a y, entonces,  dejamos de valorar lo que ya es, es decir, no es suficiente como ya es, o perdemos de vista que soy yo, papá o mama, los que dirigimos a los hijos hacia un  objetivo, que es nuestro y no del programa interno del ser que se está desarrollando. Es decir, dejo de amarlo en el sentido de aceptar quién es hoy, ahora, aquí para enfocar un futuro que, probablemente, esté basado en el miedo: los que mis padres me han inoculado en su momento, los que la sociedad me indica, los míos propios de ser “ buen padre”…

Pero qué difícil, ¿no? Digo yo. Porque si examinamos nuestra manera de pensar durante unos minutos observaremos la cantidad de evaluaciones que hacemos sobre el entorno, nosotros mismos, los otros… y ¿cómo frenar todo esto?¿Cómo crear un silencio interior respetuoso que nos permita observar con menor juicio o idealmente sin juicio, o enjuiciar sin apegarnos a ello? Pues yo creo que no hay respuesta receta, que la respuesta es un proceso, un entrenamiento en la observación y el darse cuenta y un trabajo emocional, corporal, comportamental y racional profundo que nos imbrique de nuevo en el aceptar  sin juzgar, en el dejar ser y ser, con amor y respeto. Eso, y la clara decisión de que por aquí es: dieta de juicios, al estilo de cuando dejas el azúcar o el tabaco.

Cuando sea mayor esta  niña puede ser que diga “En mi cole no me ponían notas y me di cuenta de que me ponían nota en casa y lo llevé con más libertad porque en mi cole me enseñaron que poner notas no vale mucho”. Aunque qué bueno sería que en casa tampoco me las hubieran puesto…

O tal vez su compi de conversación llegue a pensar:  “ En mi cole me ponían notas  y en mi casa me acompañaban desde la aceptación, el amor y el respeto. Y esto me ayudó tanto a colocar en su lugar las notas, que lo he llevado mejor ”. Pero ojalá que en mi cole no me hubieran puesto notas…

Porque si pensamos en qué ha determinado quiénes somos en la vida, veremos que en gran medida estamos condicionadas por la educación que hemos recibido, sobre todo, de nuestro papá y nuestra mamá.

Y, tal vez, sería buena hora de romper esta cadena de evaluación continua, haciendo que permanezca lo que nos nutrió, y cortando amarras con aquello   que no nos ayudó a ser en plenitud. Ahora, dar lo que no nos han dado duele, no sabemos de dónde sacarlo porque:
  •          nuestro comportamiento tiende a repetir los patrones conocidos y, en ocasiones, nos perdemos cuando el terreno es virgen, no transitado;
  •          seguimos sintiendo el vacío de lo que no fue en la infancia y lo reclamamos desde nuestro niño interno que aún vive en nosotros, así que en ocasiones nos relacionamos con nuestros hijos/as, siendo un niño o niña y no un adulto. Y cuando nos piden lo que nosotros seguimos pidiendo, nos podemos irritar o necesitar salir de la situación por una cuestión de supervivencia, ficticia, mas así lo percibimos.
 Y ser acompañados en este proceso es una necesidad humana, y hacerlo en grupo  y desde el apoyo mutuo  un verdadero placer y pienso que una de las claves de este proceso.


Y en La Puerta Azul trabajamos en ello. Porque que estés nos ayuda a crecer y creces estando, así que juntas las familias en este proceso nos ayudamos.


Mon Gómez

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martes, 8 de agosto de 2017

EL AMOR INCONDICIONAL A LOS HIJ@S, por Mon Gómez


El amor incondicional a los hij@s  por Mon Gómez


Es tan de sentido común nuestra necesidad de dar y amar a los hijos. Es tan de fondo, en cualquiera que sea la situación, nuestro amor por ellos. Incluso cuando nos enfadamos sin motivo o los dañamos con nuestra puerilidad. De fondo, si quitásemos la nata del miedo, de lo aprendido, del susto, del no saber cómo hacer, está el profundo amor que les profesamos.

El amor asegura la supervivencia al bebé y al niño mientras es dependiente de sus padres. El amor le hace sentirse seguro y confiado para poder desarrollar sus talentos, habilidades y dones y  pasar a ese segundo nivel que es el del desarrollo, tras la garantía de la supervivencia.
Mientras el niño o la niña están en tiempos en que carecen de amor o no lo llegan a percibir plenamente están en “modo supervivencia”, luchando denodadamente por conseguirlo. Es el amor su alimento básico para crecer como personas.

Nuestros hijos, al igual que nosotros hicimos:
  • ·         pueden probar a ser, estar, comportarse, de distintas maneras, que no casen con la suya genuina, hasta que acierten mínimamente con lo que deseamos o esperamos (ver artículo: "Condicionamientos,expectativas,juicios y refuerzos") por conquistar nuestro amor y atención,

  • ·         pueden traicionar lo que piensan, sienten o quieren, para probar si así son merecedores de nuestro amor,  aquejados de esta enfermedad social de amor condicionado,

  • ·          pueden "llamar la atención” (siendo fieles a su necesidad de ser atendidos para vivir),necesidad real y legítima, haciendo lo que sea necesario: enfadarse, gritar, pelear con otros, y así captar la atención y mirada, sustitutos de amor.

La indiferencia es el peor castigo a un niño/a.


Mientras está en “modo supervivencia”, aquejado de no sentir el amor de sus padres,  no hay desarrollo de la inteligencia, está en alerta máxima. Así que, cuando es amado incondicionalmente, es el amor el que coopera con la inteligencia. A niños más amados,  niños más inteligentes:

 “El  vínculo es, ante todo, un proceso psicofisiológico.(…)La estimulación de estos procesos sensoriales tienen lugar a través de la proximidad y el contacto corporal íntimo entre madre e hijo”  Caplan, Mariana. Tocar es vivir

Esta cuestión va mucho más allá de los sentimientos y tiene que ver con la inteligencia, es decir, con la capacidad del cerebro para procesar la información sensorial , organizar las respuestas musculares e interactuar con el entorno.” Pearce, Joseph Chilton. Magical Child

Amar, abrazar, amamantar, acariciar, acostarnos junto a ellos, compartir. Cuando esto no está explícito o hay otras cuestiones muy secundarias que nos embargan y lo nublan:
  • ·         emociones atascadas, círculos no cerrados,
  • ·         dificultad con mi autoridad,
  • ·         pensamientos de base disfuncionales,
  • ·         dificultad con el placer y el juego,
  • ·         vida no coherente, estresada,
  • ·         estar demasiado pendientes de la opinión ajena, etc.

El resultado final es casi siempre el mismo: nos sentimos mal, en disonancia. No estamos en consonancia con lo que la naturaleza nos ha dotado: dar amor y gratitud. Y nuestra vida se vuelve media vida y a medias con los que más amamos.

Jugando a no amar, con las manos atadas por nosotras mismas- cito a mi amiga Elisa-, sin saberlo.
.
Pudiese parecer que el enfoque de nuestras necesidades más básicas como seres humanos fuese recibir amor y gratitud, mas si lo observamos con detenimiento es dar y ofrecer amor y gratitud para lo que estamos preparados en el momento en que empezamos nuestro maternaje.

Nos atamos las manos a nosotras mismas para que el corazón no ofrezca a través de ellas. ¿Para qué? ¿Qué sucede con esto?

A veces el miedo, a veces la dificultad y el dolor de dar lo que no hemos obtenido y seguimos reclamando, a veces la siega que hemos hecho de una parte de nosotr@s mism@s en nuestro proceso educativo, nos atan, nos hacen vivir a medias.

Si hemos vivido experiencias de niños de acercarnos a nuestros padres o madres y estos no estaban disponibles, o nos han dado excusas, nos han entretenido, para no recibir ese amor y gratitud que deseábamos dar y recibir como niños, como necesidad básica infantil, habremos aprendido a dejar de hacerlo. Y hemos grabado a un nivel profundo el temor a que nos rechacen, eviten, invaliden, no nos reciban  y similares.

Pasito a paso, se puede ir ampliando el registro de contacto, de ofrecer amor por la libertad y alegría de hacerlo, sin más, y disfrutar con dar mucho más allá del resultado.




Dado que el amor incondicional es una actitud de vida y no un “método” o “conjunto de maneras/ reglas” practicarlo nos incluye, para empezar, a nosotras mismas. Amarnos tal cual somos sin condiciones. 
Si esto falta, no es posible ofrecerlo a los hijos, porque nos acusaremos de nuestras imperfecciones ( parte natural de la vida) y nos haremos la vida imposible, lo cual nos generará estrés y dolor, enfado, desencanto, cansancio… y revertirá en la relación con los hijos/as. Así que iniciamos amándonos tal cual somos sin condiciones, entendiendo que esto es un proceso y abriendo nuestras dificultades y facilidades a otros/as en un proceso de ayuda y apoyo mutuo.

El amor incondicional nace de nuestro ser padres o madres más allá de las actitudes, comportamientos, de nuestros hijos/as. Por ser hijos el vínculo amoroso que necesitan naturalmente para desarrollarse con plenitud y que nosotros necesitamos dar para recolocar  nuestra parte pueril demandante y ofertarles lo que necesitamos: dar y agradecer por poder dar.

Si tenemos introyectos de "la maternidad como sacrificio" heredados de nuestras madres (muy probable) esos pensamientos limitantes nos harán desenfocar la vida con nuestros hijos y ver con lentes distrofiadas la realidad de nuestra necesidad verdadera: Dar amor y gratitud-

¿De qué algunas maneras manifestamos a diario nuestro amor incondicional?
  • ·         Cuando nuestros hijos/as más lo necesitan porque no estén pudiendo acompañarse en situaciones que les provocan estrés o dificultad y, por tanto, pueden revertir en enfados, peleas, mal comportamiento… Aceptando en ese momento quiénes son en su totalidad y la totalidad de sus conductas amorosamente. Y poder acompañarlas sin apartarnos o apartarlos de nosotros, acercándonos a sus dolores, iras ,conflictos, como adultos que somos.

  • ·         Mediante el afecto recurrente, siempre que sea bien recibido por los niñ@s y con todo el respeto que merecen en sus tiempos y frecuencias: no buscando afecto para calmar nuestra propia sed de amor incondicional sino entendiendo nuestro lugar de ofrecer y dar amor como necesidad básica nuestra como seres humanos:
  1. ·         en contacto continuo los dos primeros años ( colecho, amamantamiento o alimentación sustitutiva con vínculo y contacto, acariciar, masajear, portear, tener cerca a los niñ@s)
  2. ·         y a partir de ahí respetando sus ritmos de un contacto- retirada sano. Exploran, vuelven a mamá o papá, exploran, se relacionan con otros, vuelven a mamá, papá, con disponibilidad a acogerlos en el regazo, a tocarlos, a acariciarlos con nuestro tono de voz o nuestras palabras, a dar sin que tengan que pedir aquello que más necesitan de nosotros: presencia y aceptación incondicional.
  • ·         Tratando de no retirar el contacto aunque hagan daño. Sí, suena extraño pero creo que así es. Sí expresarlo mas no apartarlos de nosotras abruptamente. Si no, el amor, va condicionado. Cuando he sentido daño al subirse mi hijo a mis piernas con fuerza, expreso qué me ha pasado pero no lo ahuyento de mis piernas con rudeza. O me dice algo mientras está sentado sobre mis piernas que no me ha gustado. No lo ahuyento de mis piernas. Mis piernas, su contacto, está para él, y no depende de lo que él haga, así percibirá que el contacto y el afecto no están condicionados. Se creerá merecedor. No perderá su condición innata de merecedor de amor y yo no jugaré el papel de víctima, pues soy la adulta y tengo otros recursos saludables.

  • ·         Expresar un límite coherente con la vida a un hijo sanamente, va acompañado de amor incondicional: presencia, seguridad, sin retirada de contacto (visual, táctil o simplemente cercanía corporal). No se pone en cuestión quién es el niño ni se le juzga por su ser, no apartamos quién es el niño, sino que se informa de que esa acción no es posible conmigo, o en este espacio… Nuestra autoridad va vinculada al amor, no al daño. Si la vinculamos al daño, y muchos así lo hacemos o lo hemos hecho, es porque autoridad y daño ha sido asociado en nuestra infancia como sinónimos y esa asociación es importante deshacerla y liberarse de lo que conlleva de limitación  y violencia.

El amor como moneda de cambio o refuerzo es cruel:
  •          te premio con mi amor porque me gusta esto que haces, me dices o cómo te comportas.
  •          te retiro el amor como castigo, te dejo de querer, te pongo cara mala, te problematizo porque esto no me gusta.

Los hijos creerán que serán amados solo por ser de una manera o por hacer ciertas cosas y no por ser merecedores de amor sin más como cualquier ser humano de esta tierra. Ser merecedores de amor por vivir, porque es herencia y legítimo ser amados, sin condiciones.
Amarte como hijo porque en mí está el amor, no porque tú te lo merezcas o no, tú te lo mereces siempre, y  amarme como madre porque en mí está el amor para mí misma, no porque lo haya hecho mejor o peor, sino porque yo me lo merezco siempre también.
Y del caldo del amor, surgirá el mejor cultivo.

Algunas madres y padres a veces me dicen en comentarios : “ sí, qué bonito todo esto y qué difícil”. Entiendo que transformar tu maternaje o paternaje por leer unos cuantos libros y artículos resulta complicado y algunas madres me han manifestado con preguntas, trasladando inquietudes, esta situación. Nuestra propuesta es de proceso. Y cuando escribo sobre ello, me apoyo en la experiencia en mi familia, en mi carrera profesional en la educación y en esta propuesta que te planteo. 

Yo os remito a dos cuestiones para mí básicas en las que me apoyo cuando escribo y vertebran nuestra decisión familiar de acompañar en el camino del amor y el respeto.

Estos dos pilares básicos a mí entender son:

1.- El amor incondicional es para nosotras y no solo para nuestros hijos, es una manera de estar en la vida, el respeto es también para nosotras, y la paciencia y humildad muy importantes para ir caminando entendiendo que esto es un proceso y que igual que muchos años ha costado crear estos pensamientos locos también algunos costará deshacerse de ellos. Mas algún día podemos empezar. Os recomiendo la lectura de mi artículo “Los malos padres”

2.- Tomar la decisión real de transformar mi relación conmigo misma, mis hijos y familia,  y buscar grupos y personas de apoyo para lo que vaya necesitando al caminar este camino.
Nosotros lo enfocamos trabajando con grupos de adultos que además de  apoyarse entre sí, realizan un intenso trabajo emocional y corporal conmigo en aras a transformar su mirada y su estar hacia los hijos/as y hacia ellos mismos.  
Nosotros y las familias afines con las que comparto el espacio lo enfocamos  acompañando en comunidad para ayudarnos a entrenar esta parte nuestra y observar qué pasa cuando respetamos y amamos, y nutrirnos en familia y personalmente de  conversaciones entre nosotros, lecturas, experiencias, etc. resulta  esencial. Y es verdad que esta última parte, por sí sola, no acaba de funcionar para muchas familias pues leer por sí solo se queda cojo aunque induce al despertar. El trabajo transformador es de calado más hondo.
Seguro que cerca de tí hay alguna opción que te convence... Por mi parte, yo os recomiendo nuestros grupos porque están produciendo movimientos de calado en las personas que asisten a ellos:

  • ·          Y para los que viváis lejos,  las consultas personales on line en que el acompañamiento es particular, a cada familia y persona, siguiendo su proceso irrepetible. Resultan un cambio de paradigma y apoyan la decisión que toméis, ayudan a darle realidad y constancia en muchos casos.

Muchas gracias por leerme. Si te ha interesado y crees que puede nutrir a otros cercanos, te animo a que compartas. Que tengas un buen día.

Mon Gómez





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