jueves, 22 de junio de 2017

Los "malos padres" por Mon Gómez

Los “malos padres” 

"Voy a esperar a  estar preparada emocionalmente, tener suficiente información, materiales, contrastar con otros, leer muchos libros y sanarme la infancia, para decidir acompañar a mis hijos sin autoritarismo ni manipulaciones  y ponerme en vínculo con ellos". Bueno, esto es tan loco como estos propósitos eternos del año nuevo de que en algún momento llegará un día más propicio para empezar una dieta milagro e ir al gimnasio todos los días hasta que mi cuerpo sea como a los 20.  Pienso que estas metas tan altas y rápidas atienden, sencillamente, a una resistencia interna al cambio y también a que, en ocasiones, nos ponemos en contacto con estados en los que no confiamos cómo manejar. Y entonces o nunca es el momento y procastinamos, o empezamos aspirando a ideales inalcanzables en poco tiempo y nos sentimos mal por no llegar a ellos. Dos buenas maneras de sabotearnos.
 Al recorrer un camino nuevo , las garantías del pasado las dejamos atrás y confiamos: no sé lo que me voy a encontrar y voy enfocando. Enfoco hacia donde necesito y quiero, para ser la madre que quiero ser, la persona que he venido a ser, para que mis hijos puedan ser ellos mismos,  y se dé fluidamente, aquello que han venido a hacer, sentir, pensar y compartir en este mundo. Y me amo tal como soy que es la mejor manera en que puedo ser en este momento de mi vida. Puedo acompañarme desde el amor, desde hoy. Si entro en juicios, críticas, comparaciones o me devalúo como madre entonces creo un modelo negativo para mi hijo, y me hago mucho daño. Uno de los más importantes canales de aprendizaje de los niños/as es el imitativo. Soy la mejor madre que puedo ser ahora mismo. Y estoy enfocando para ampliar mi mirada y poder seguir creciendo.


Rebeca y Mauricio Wild, fundadores de la escuela Pestalozzi,  pionera en la educación activa en el mundo, me contaban que ellos empezaron a enfocar de una manera diferente aceptando sus flaquezas y las de los adultos que los rodeaban,  iniciaron el proyecto porque se pensaban “malos  padres”, sabían que tal como lo hacían no ayudaba y había que empezar en algún momento. No podían esperar a “ estar preparados” porque esa preparación era inherente a la experiencia de maternar amorosamente, de aprehender la libertad y el respeto a través y con los hijos/as. Y no hay “método” posible más que el aprender viviendo.

Cuando iniciamos un camino de educación respetuosa empezamos a ver con más claridad toda esta violencia hacia la infancia y, tal vez, al tomar conciencia, devenimos en caer en la cuenta de lo “malos padres que somos” y de “ lo perdidos que andamos en ocasiones”.  Si sirve para darse cuenta de lo que queremos cambiar, bienvenido sea este momento, si nos instala en la culpa, el miedo, la vergüenza, la exigencia o nos bloquea; eso nos hará daño y se lo trasladaremos a nuestros hijos/as y les hará daño a ellos.  

Observar esa culpa, miedo, exigencia, inacción y vergüenza es una oportunidad para acompañarlas en nosotros desde el amor y el respeto, desde la libertad y los límites,  y en sus manifestaciones en nuestros hijos.  Pues ellos, en un proceso de ósmosis, las aprenden también de nosotros.

Alice Miller nos descubre a lo largo de su bibliografía cómo en la educación a los niños hay un patrón de violencia que está tan arraigado que apenas lo  reconocemos como tal: 

  • desde tocar a los niños con violencia explícita o contenida, 
  • hasta el grito o la amenaza,
  • el desprecio de un contacto físico,
  • o la manipulación y negación de lo que verdaderamente sienten, quieren o piensan.  

Y si hemos vivido este patrón de pequeños, tenemos tendencia a seguir haciéndonoslo internamente a nosotros mismos y también  a hacérselo a nuestros hijos/as. Y, de momento, no conozco a nadie que no lo haya vivido en menor o mayor medida. Y duele verlo y podemos acompañar ese dolor con cariño para a través del amor llegar a otras realidades personales y relacionales.

Poder mirarnos necesita de nuestro amor y compasión. Cuando se abre la mirada es difícil la marcha atrás, el dejar de ver el legado de falta de amor que heredamos generación tras generación, incluso con las mejores intenciones. Así que este miedo, esta culpa, esta vergüenza, y exigencia necesita de nuestro más profundo amor y compasión, de sabernos merecedoras de ser unas hermosas madres más allá de nuestras debilidades y fortalezas, de que nuestras debilidades son el camino hacia el amor y de que acompañándonos así podremos hacerlo también con nuestros hijos/as.

Si los tratamos con confianza, ellos van a tratarse con confianza, y también a los demás, podrán usar la confianza en su vida para satisfacer sus necesidades y trasladarla a la siguiente generación orgánicamente.  Y como padres, si la confianza ha estado ausente en nuestra educación,  podemos hacer un trabajo desde la toma de conciencia, habitar otras maneras de estar y acompañar, rompiendo el eslabón de la cadena generacional que nos ha tocado vivir, y siendo conscientes de que  generación tras generación será más orgánico lo que se logre transmitir sobre la libertad, el amor y el respeto a los hijos.

Deshacer la cadena en nuestro acompañamiento a los hijos/as pasa por mucho calor interno, por gran amor y respeto hacia nosotros mismos, por la aceptación de quienes somos hoy y lo que no somos, por ir pasito a paso y por ponernos también nuestros límites sobre qué nos vamos a jugar o no con nuestros hijos/as  y a ver qué pasa con esto. El resto, la crítica hacia nosotras mismas, la negación emocional, etc., fortalecerá  el hierro. Es el fuego del amor el que lo irá deshaciendo.

En La Puerta Azul, el trabajo de adultos en un proceso continuo y los tiempos de acompañamiento conscientes con el calor del grupo y la intención y atención clara de satisfacer necesidades de los niños y niñas, nos ayuda a crear un espacio relajado en nuestro interior de presencia con nuestros hijos e hijas y de mirada atenta y amorosa. Entrenamos esta parte de nosotros y nosotras mismas y cuantas más veces y con más conciencia pasamos por ahí más se va fortaleciendo en nosotras.

Mas algún día podemos decidirnos a empezar, y ese día puede ser ahora, así, tal cual somos, desde quienes somos, desde la aceptación y el enfoque, porque no hay más momento que el presente y no hay  más oportunidad que esta.

Y si no nombramos lo que hoy somos y lo que hoy hay, con su dosis de violencia y descontento; mientras sea un secreto y  lo callemos, entonces, será  difícil aceptar nuestra realidad y transitarla.
 “ Pues sí, voy hacia allí, y soy esto hoy, hoy estoy aquí y lo acepto y me amo así”. Con la confianza de que si ese amor es fuerte, real, nos permitirá acompañarnos con lucidez y devendrá en lo mejor de nosotros. El resto, como en las imaginarias dietas y el gimnasio, es pura fantasía.

Mon Gómez.
Teléfono: 682828378 Correo: lapuertaazul@hotmail.com
Acompañamiento a los hijos/as en ambiente preparado

martes, 13 de junio de 2017

Ampliar el asombro por Mon Gómez

Ampliar el asombro por Mon Gómez

Rosa veía la cubeta de agua con jabón y los dos palos con cuerdas que habíamos dejado sobre la mesa de exterior. Miró a su papá y le digo “ pompas de jabón” y se puso a experimentar cómo coger los palos y colocar el líquido, cómo hacer que el aire soplase dentro de aquel líquido para que se crease la pompa.
Rosa estaba concentrada, ensimismada, y era una con aquellos objetos en la experiencia de probar y probar nuevas posibilidades.
Su papá la miraba sin intervenir con sus manos en la actividad autónoma de la niña. De vez en cuando su papá  le decía “ Uy, casi…” con un tono entusiasta o “ Qué bien, qué grande…”con gran alegría y asombro, cuando conseguía hacer una pompa de buen tamaño. Más que una ratificación de la emoción del niño era una expresión propia de su asombro de padre ante lo que sucedía. El resto del tiempo lo acompañaba desde la mirada.


Para Rosa, conseguir sostener las cuerdas, probar y probar cómo el aire entra o no y qué formas surgen de ello, el sonido casi imperceptible del aire vibrando cuando mueve rápido el palo y el vientecito que se levanta, el olor del jabón sutil, todo ello es su juego. Rosa está asombrada por el proceso, el movimiento, lo sensorial. La esencia de Rosa concentrada, atenta genuinamente a lo que sucede,  satisfecha de la exploración y asombrada con cada nuevo descubrimiento. El resultado también le causa satisfacción y asombro cuando la pompa es grande y no pequeña o cuando la pompa se inicia...

“Casi” es un adverbio que indica “lo que no se da, ocurre o existe completamente en la acción, estado, cualidad, grado, etc., expresada por la palabra a la cual acompaña, aunque falte muy poco para ello”. 
“Casi” es que no has llegado  aún a algún lugar al que deberías haber llegado según algún juicio propio o externo. Dicho desde el entusiasmo  varía la cualidad emocional con respecto a decirlo desde la decepción y sigue indicando que está en foco el objetivo y no el proceso. Mientras “eso que casi está pasando y no pasa” nos ocupa, es decir, lo que no es, nos perdemos  de lo que sí pasa, del aquí y ahora, “eso a lo  que sí constantemente está llegando la niña” y está experimentando lúdicamente.

Ampliar nuestra capacidad de asombro pudiendo entrar en el asombro del proceso, en lo fascinante y maravilloso del juego como modo de vida, como expresión de la relación del niño con lo que lo rodea y como integración del aprendizaje es un placer y nos ancla al presente. Probar y probar nuevos caminos, permitir que el niño investigador esté validado: ampliar nuestro asombro asombrados por cómo se mueven las cuerdas  al viento o las múltiples posibilidades de cruzarse que tienen, ampliar nuestro asombro por la sorpresa de un conato de pompa de jabón.


El tiempo, como los adultos lo entendemos, no está asumido en los niños hasta edades avanzadas, unos 10-11 años; necesitamos de pensamiento formal para llegar a aprenderlo, es una categoría abstracta. A los tres o cuatro años apenas distinguen “ ayer” (que es todo lo que ya pasó) de hoy (que es lo que ahora está pasando) o “ después” ( lo que sucederá de aquí en adelante) de un modo general. Su idea del tiempo, en estos momentos, es holística, porque su percepción de la vida no es temporal así que los conceptos de “eficacia” que tiene que ver con llegar a un resultado en un tiempo determinado, son ajenos a los niños, pertenecen a un mundo adulto que no les compete y viola su sentido del juego.

 Para que el niño crezca en libertad, el adulto debe ir siendo libre de ciertas ataduras

  • pensamientos que lo  hacen viajar en el tiempo y  lo llevan del momento a cuestiones pasadas o futuras, 
  • expectativas sobre lo que debe pasar en lugar de observar y valorar lo que pasa en sí, 
  • condicionamientos a los niños en los que se pondera algo sobre otra cosa… 

Todo ello resta espacio de libertad.

Démonos la posibilidad- como adultos acompañantes- de:

  • dejar de controlar, 
  • dejar de evaluar, 
  • poder estar relajados sin hacer tanto: tanta ayuda, tanto pensamiento, tanto juicio, tanto que queremos cambiar fuera. 


Y démonos la posibilidad como adultos acompañantes de amar lo que deviene en ese momento del niño, aceptarlo y mirarlo con el asombro que se merece sea lo que sea lo que suceda, porque esa mirada y aceptación es su nutrición relacional, la base de los apegos seguros forjados por ese verdadero ambiente preparado psíquico, que somos las personas que rodeamos a los peques.

El acompañamiento respetuoso a los niños atiende a amar lo que sucede desde nuestro hijo sin pretensión de que varíe, aceptando, no viendo un problema en lo que no está siendo (no hay pompa o la pompa no es grande, es pequeña) sino viendo con amor y asombro lo que sí está siendo ( se rozan las cuerdas en un nuevo movimiento con el aire, la pompa brilla al sol, se mueven sus colores, ¡es una pompa!). 

Y para que el niño crezca en libertad, dejándose ser quien ha venido a ser, el adulto también debe aprender a ponerse límites. Aceptarlos sin justificarse.  Asumirlos como parte del proceso si su decisión es que haya aprendizaje autónomo en su hijo/a. Porque si el adulto interviene cuando no es necesario, si me adelanto, o enjuicio con mi palabra, le resto exploración al niño y lo manejo. 
Y la mala noticia es que dependiendo de nuestro nivel de apertura, esto duele verlo, y duele reconocerlo.
Para los adultos ponernos límites al egocentrismo de ser, enseñar, ir por delante del niño, cuando no está satisfecha esta necesidad en nuestra infancia, nos es difícil y nos duele y algunos adultos  pueden pelearse con ello o  enfadarse con las personas que se lo indican cuando vienen a los espacios a que así sea, de la misma manera en que los niños lo hacen  cuando se les informa de un límite coherente con la vida .

Las escuelas alternativas ( donde caben opciones bien diversas entre sí tanto por grado de directividad, como de presencia y atención y calidad de ambientes), al igual que las tradicionales, están "in loco parentis" y así es legalmente. Esta expresión significa " en lugar de los padres". Ahora si la escuela y los padres no van en sintonía, si en casa no hay presencia porque hay mucho que hacer o los conflictos se resuelven sin validar y de manera normativa,  si se suple  el acompañamiento sin juicio por llevar a nuestros hijos a un espacio durante cinco horas diarias para que lo hagan por nosotros, yo me plantearía qué pasa aquí con la coherencia. Porque el modelo para el niño será, sin duda, su padre o madre.
Eso no es ningún otro paradigma de vida, ningún cambio real.
El acompañamiento a los hijos/as de un papá o mamá , sin expectativas y con vinculo amoroso, no lo sustituye nada. Es vital para que los niños crezcan con amor y libertad en su interior.  Y les proporciona la atención que necesitan para autodirigir sus propios aprendizajes.


Crecer en familia respetando procesos de vida es una opción,  y si la elegís, el trabajo es asombroso, duro por momentos y ¡tan gratificante!... porque entráis en otro lugar, en otras relaciones, en otro estar, que es un nuevo mundo para vosotros y  puede ser, sumando de aquí y de allá,  el estertor de una nueva sociedad: más real, más libre, con los límites más nítidos, dando forma a la libertad de ser y vivir.
Esta respuesta a la vida de cruzar el puente y habitar otro lugar de relación  implica de mí, como adulto, lealtad al amor y respeto que elijo como modo de vida, lealtad al proceso y a mis prioridades, compromiso con el camino de acompañar sin dirigir a mis hijos y compromiso de autenticidad en mi proceso familiar y grupal, confrontando, validando y valorando. 

¿Merece la pena? ¿Merece la alegría? A mí, sí.
Cada año me lo cuestiono, me desmorono, me replanteo este compromiso y cuidado,  y cuando vuelvo de ese viaje , cada año, me respondo con más claridad y firmeza, con más tranquilidad y seguridad: Confío.

Cuando conecto con el acompañamiento amoroso a mis hijos, agradezco a mis maestros y a mis compañeros poder saber que ciega estoy y alguna que otra ventanita abierta, y dar la oportunidad a la vida de que se dé con mayor autenticidad en Rodrigo y Carmen. Fascinada por la naturaleza humana y sus posibilidades.

Y cuando me encuentro con adultos que inician este camino y van por él desde sus dudas, tras mis dificultades a veces de bregar con ello, aparece algo nuevo, y ese algo es mi vulnerabilidad y la posibilidad de acompañarla, y tras esto una especie de tranquilidad que me producen ciertas sencillas certezas y la lealtad a este camino de la libertad, de que por aquí es.

Muy agradecida a mis hijos y a Juanjo por ser piña,  a los compañeros y compañ­­­eras de camino en La Puerta Azul por compartir y a mis padres por abrirme a la posibilidad de la tenacidad.

Mon Gómez
Teléfono 682828378 Correo:lapuertaazul@hotmail.com
http://lapuertaazuljerez.blogspot.com.es/
Formación en Educación Respetuosa y para la Libertad ( abierto plazo de inscripción)
Acompañamiento a los hijos/as en ambiente preparado y relajado
Consultas individuales sobre crianza y desarrollo humano respetado, aprendizaje autónomo y maternidad consciente.

miércoles, 31 de mayo de 2017

¿Qué alimenta el vínculo con mi hijo/a? por Mon Gómez



¿Qué les gusta a los niños? 
¿Cuándo y en qué se pierden en el tiempo, se afanan, se concentran y conectan con quiénes son y el mundo que les rodea?
¿ Qué desean de nosotros como padres y madres?
Es ahí donde podemos encontrar la respuesta a  qué alimenta el vínculo con nuestro hijo o hija. 
Valorar lo que propicia su desarrollo con nuestro estar, alimenta el vínculo con nuestro hijo/a.

Un niño sano en sus primeros años vive en esta eternidad temporal y en un estado fusional con lo que le rodea. Concentrado o llamado por la curiosidad, su estado natural es el juego y el concepto  de tiempo tal como lo entendemos de adultos, no está asumido intrínsecamente hasta edad avanzada. Es bien cierto que ya los timbres de la escuela, la "hora de dormir", la "hora de extraescolares", se van encargando de estructurar temporalmente su vida antes de que esté preparado para digerirla. Esta sería una temporalización extrínseca pero no es inherente al desarrollo del niño/a en edades tempranas. Es otro de los apuros sociales en los que vive la mayoría de las familias.

ALGUNAS DE LAS SITUACIONES QUE ALIMENTAN EL VÍNCULO:

              Participar con nuestra presencia, estando en atención no dividida hacia ellos y lo que hacen, en sus juegos, incluso sin jugar activamente con ellos, alimenta el vínculo. Nuestra mirada y nuestra voz atenta a su interés,  pudiendo compartir lo que a ellos les vincula al juego, pone en valor su acción y su sentir y les consolida en su relación con el mundo. Con su relación actual con el mundo y también con la futura, pues como familia somos su primera  pequeña sociedad y la relación que  traben con nosotros y con los materiales con los que jueguen será determinante, como relación con aquello otro que no es él y que está también en el mundo. Esto en la edad adulta serán las bases de la relación con lo humano y lo material en su más amplio sentido.


     Alimenta el vínculo con los hijos acompañarlos sin juicio, sin etiquetarlos, simplemente estando y mirando, dejando atrás las expectativas en la relación, viviendo y disfrutando con ellos desde la complacencia; describiendo su quehacer y estando presentes en sus logros, novedades y frustraciones;  escuchando qué van sintiendo, cómo se van sintiendo ante cada situación conocida o nueva y ayudándoles a medida que crecen a darle sentido con palabras a sus experiencias. Escuchar su cuerpo, su tono, su rostro y su voz. La escucha es mucho más amplia que el significado de lo que dicen.


            Un niño sano en sus primeros años necesita expresar su intensidad, la naturaleza está desarrollando las áreas límbicas de su cerebro y ellos no tienen desarrollo suficiente para utilizar la razón como coayudante de la emoción. Está en proceso y lo que no exprese, lo reprimirá y se quedará en él, bloqueando su energía y su ser.  Dado que los adultos, en ocasiones, caemos en conductas inadecuadas hacia los niños/as, ellos tienen la posibilidad a través de las emociones de canalizar la violencia que perciben del exterior y darse voz.  Así, alimenta el vínculo el apoyo emocional, en presencia, cuando hay emociones intensas, sin tratar de transformarlas, confiando en que se autorregularán, y dando un espacio de confianza suficiente para que esto suceda.  

           Las emociones se estancan y se quedan sin vivir cuando no tienen salida, mientras que si se las permite y se las acompaña van fluyendo como el agua, y esa sensación tiene mucho que ver con sentirse vivo y conectado con uno mismo. Son la brújula de nuestro estar en el mundo.

        Los niños, en su infancia temprana están en desarrollo de su sistema límbico, aquel que regula entre otras cosas las emociones en el cerebro, de tal manera que aún están aprendiendo a qué hacer con ello. Dada la sabiduría del cuerpo si se les acompaña dándoles espacio de expresión seguro, irán encontrando su propia regulación.

      Cuando aparece el miedo, la ira, en los pequeños, es el amor el acompañante por excelencia. Hablar, preguntar, sin haber conectado previamente, no sirve de mucho. Mantener una actitud de amor y escucha, con preguntas muy abiertas y ayudantes de la expresión del niño, o simplemente estar en silencio, disponible hasta el momento propicio de  poner palabras o tocar, alimenta el vínculo. El lenguaje no verbal para un niño en sus primeros años es más claro y fiable que la palabra. La palabra es el acompañante, no el fundamento de la comunicación.

                      Cuando aparece el miedo o la ira o el asco en nuestros hijos, dependiendo de nuestras improntas infantiles, también resonará el nuestro como madres y padres, así es tan importante trabajar sobre nuestra vida emocional para poder acompañar la vida emocional de nuestros hijos lo más limpiamente posible, sin que interfieran en exceso temas irresueltos del pasado. Si nos enfadamos mucho cuando nuestro hijo está iracundo, en lugar de observar qué le está pasando, qué necesidad no tiene satisfecha, estaremos negándole el alimento vincular, el apoyo para crecer, la serenidad y comprensión necesaria, el amor imprescindible, para que esa ira devengue en llanto, en palabra, o en calma.

              
                        Cuando un niño llega entusiasmado, alegre, gritando, a casa, con los zapatos llenos de barro y nos abraza porque ha encontrado algo maravilloso que quiere mostrarnos, cuán importante la disponibilidad sin condición para poder licitar la alegría y la conexión en la vida, cuán importante dejar lo que hacemos para atender a su necesidad auténtica de causar impacto y ser visto, reconocido, de entusiasmarnos con su entusiasmo, de licitar sus descubrimientos.

           Alimenta el vínculo asistir a los niños cuando no lo piden, por amor, y que nuestra comunicación no sea únicamente para recordar “lo que no, tener cuidado, estar atento”.. si no que se centre en compartir, en querer acercarnos sin que nos lo pidan a su juego, a su descubrimiento de la vida, en estar con ellos cuando están cerca como lo estamos con aquellas personas que amamos y deseamos compartir sus intereses, acciones, emociones, pensamientos.


Observa para qué te acercas a tu hijo durante una tarde o mañana que  paséis juntos:

·         ¿Cuánto tiempo es tiempo vinculante?
·         ¿Cuánto espacio real tiene en tu ser, unido a ti, sin que otros pensamientos, planes de futuro, recuerdos del pasado, te interfieran?
·         ¿Cuánto tiempo a la semana hay de este, de las 24 horas que tiene cada día?



Y así podrás observar la calidad del vínculo con tu hijo.



El poder vincularme amorosamente con mis hijos como parte de una red, de una cadena, como algo de un todo mayor, les transmite la  conciencia de participar en algo que va más allá de lo individual de una forma sólida y a medida que van creciendo. No es una participación desde el deber, lo moral, lo social, lo correcto, es un vínculo amoroso con lo que nos rodea. Esa percepción para el niño es tan diferente como lo es sonreír frente a poner una careta con una sonrisa.

Y cuando no puedo vincularme en cierta situación con mi hijo, ni permito que, desde mi desarrollo adulto, la intuición, la razón y la emoción me guíen, y  trato de evitar esta situación o exploto en ella, entonces,

  •    ¿ Qué es lo que me está sucediendo? ¿Por qué  me está costando vincularme?
  •   ¿Qué está haciendo que  evite o manipule una situación, emoción, pensamiento, verbalización de mi hijo?
  •   ¿Qué sensaciones, emociones, pensamientos, recuerdos, me  está provocando esa situación y lo que en ella sucede?
  •         ¿Qué es lo que me está pasando a mí que no tolero- qué siento o pienso- para no poder admitir una expresión del ser de mi hijo/a?
  •    ¿Qué me está molestando de eso que piensa, dice, hace, mi hijo? ¿Realmente es algo tan grave que atenta contra otros o contra mí? ¿Con qué filtro estoy mirando, escuchando, pensando, sintiendo…?

 Ese filtro es el que va bueno ir limpiando para poder ver, escuchar,  sentir, y permitirnos actuar desde el amor y no desde el miedo.  Y es el amor el que me vinculará y nos satisfará en esa relación nutritiva con el hijo o hija.

Y esta es nuestra propuesta en La Puerta Azul:
Acompañarnos en grupo de adultos en este proceso  y en tiempos de acompañamiento comunitario, para ayudarnos a profundizar en ello y   a crecer como personas y así ofrecer calidad de vínculo en la relación con nuestros hijos/as.

Mon Gómez
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viernes, 5 de mayo de 2017

Acompañar el movimiento de nuestros hijos por Mon Gómez


Moverse en libertad, como decía Emmi Pikler, principio de autonomía.

Cuando los bebés han sido respetados en su proceso de adquisición del movimiento y  han ido rodando, sentándose, caminando, cuando estaban preparados para ello sin que el adulto les haya interferido robándoles estas conquistas, cada nuevo logro produce en ellos una verdadera alegría. Esa satisfacción deviene en una actitud de confianza en la vida y en las posibilidades del individuo en ella desde los recursos que le son propios.

Foto cortesía de: lomaslindo.es


El hecho de que un ser humano desde sus primeras experiencias constate el mundo bajo la luz de su movimiento libre: “quiero aquella pelota de allí lejos y no le llego”, “bajo las escaleras gateando acompañada de mamá”, le ayuda a integrar desde lo sensoriomotriz los principios fundamentales del ambiente en el que vivirá durante el resto de su vida y las bases de su capacidad y desarrollo.

Algunas mamás y papás que han seguido estos principios de autonomía motriz en la crianza de sus bebés se encuentran con nuevos retos en el momento en que los niños van creciendo y generando nuevas experiencias de movimiento: quieren trepar, saltar, escalar, subirse a los columpios, etc. Esto se suma a que el abanico social de relación suele ampliarse a medida que los niños crecen y los padres, en ocasiones, atienden a la educación de los hijos “mayores” desde otros lugares o les surgen dudas en contacto con otros padres y madres que siguen dictados de “ ayuda al niño/a” .

Y se dan situaciones como las siguientes:


1.- Raquel está en el ambiente exterior de La Puerta Azul con su hija Alicia. Hay columpios. Los hemos cambiado, los antiguos que no favorecían la motricidad autónoma, por unos de tela, uno de ellos cerquita del suelo para que hasta los más pequeños puedan buscar su manera de balancearse en ellos sin la interferencia de un adulto. Y Alicia está tratando de subir al columpio a su manera. Raquel y Alicia están en un proceso de transición al permiso de moverse en libertad.

Raquel inicia un ciclo de estrés: teme que Alicia se frustre y llore o se enfade al tratar de subir al columpio autónomamente, piensa que no va a poder hacerlo y la reclamará y si no la “ayuda” se sentirá abandonada;  así que avanza su reacción antes de que suceda y entra en un mundo mental y emocional que la aleja de lo que realmente sucede. Ella quiere que la situación concluya y no sostiene el tiempo necesario a Alicia y resuelve acomodándola en el columpio evitando tiempo y confianza. Así, por fin,  la mamá deja de sentir sus propias emociones de frustración y el mensaje atiende a no aceptar la capacidad real, actual de la niña, es necesario ir más allá, subirse al columpio aunque no sea el momento.

De esta situación hay una gran parte que proviene de los juicios, expectativas y anticipaciones , así como del miedo a las emociones de los niños y propias. 
La realidad es más simple: es necesario tiempo y confianza para que se dé el movimiento libre de Alicia y alcance aquello para lo que en ese momento su cuerpo está preparado. Y con tanta más confianza contactemos y relax, más facilitará nuestro acompañamiento, pues los peques andan en simbiosis emocional con sus mamás y las perciben. Amar lo que hoy es, lo que se puede, la capacidad actual desde su aceptación incondicional.

 Tal vez Alicia tendrá que intentarlo e intentarlo hasta que conquiste lo que quiere y así irá aprendiendo sobre la capacidad personal ante el mundo y sus realidades o a la primera de cambio encuentre satisfacción en el balanceo que alcance autónoma. En cualquier caso su voluntad autónoma, su integración de la realidad y sus capacidades, será conquistada en el proceso. Edulcorarle el mundo no le ayudará a vivir en él comprendiéndolo sino que entramos en procesos de manipulación de la realidad que poco pueden aportar al niño o niña en su maduración y comprensión de lo que la rodea. Le enseñamos a falsear la realidad y, al hacerlo, anulamos e invalidamos la libertad para ser, sentir y hacer del niño/a. 

Si elegimos esta opción de que nuestros hijos se muevan en libertad, nos tocará caminar el camino de sostener emociones sin expectativa, desde el no juicio, es decir, aceptar lo que devenga del niño o niña incondicionalmente, aceptar su frustración o su no querer probar o su sí querer intentarlo o lo que sea que venga (que no podemos saber) de esta situación y deslindar lo mío de lo suyo.  Aceptar al legítimo otro. Incondicional. Desde el proceso, sin buscar resultados.



2.- Roberto está en otro momento con su hija. La acompaña al parque y después de meses empujando su columpio ha decidido no hacerlo más. La niña, coge la mano de su papá y la lleva hacia el columpio para que la balancee mas él le verbaliza claro y simple, “yo te acompaño, estoy junto a ti”, sin entrar en si ella podrá o no podrá, simplemente desde la presencia y Elvira lo trata y lo trata, consiguiendo maneras de subir al columpio e iniciar el movimiento.
Esta situación se repite con un familiar cercano instando a Roberto a " bajar a la niña, a ayudarla" cuando ella está tratando de subir a un árbol de manera autónoma. Roberto está cerca, en presencia y confianza, en asistencia segura para la niña. Mira al familiar y le dice que él confía en ella y que la asiste desde la seguridad, así que sigue acompañando a su hija en atención plena. Su hija puede subir y bajar de aquel lugar sin dificultad y Roberto ha mantenido su posición en beneficio de ella y aunque le sigue moviendo el comentario del familiar, no ha permitido que interfiera en el respeto que se merece su hija.

Y a Roberto le sobreviene, al contárnoslo, el recuerdo de  cuando él se lesionó de joven, jugando al fútbol más allá de su capacidad. De su dificultad como adulto para no forzarse.
Los adultos hemos aprendido en nuestra más tierna infancia a ir más allá de nuestras posibilidades y a quedarnos más acá de ellas ( las dos caras de la misma moneda), a no darnos el tiempo necesario y tolerar con dificultad nuestra frustración lo cual nos impide dar lo que hemos venido a dar al mundo.

Nuestras primeras experiencias de autonomía han sido sustituidas por el vernos puestos en situaciones para las que no estábamos preparados y que no dependían de nuestra libre decisión sino de la decisión de nuestros mayores ( ahora la ponemos a andar, o le damos la vuelta o la subimos a este árbol…) y hemos integrado que el mundo era esto: depender de la decisión de lo que el otro espera de mí, y aún algunos andamos buscando esa voz externa que nos oriente. Y dado que la prisa es acompañante de nuestras infancias y no nos hemos visto atendidos en nuestro ritmo lento, no nos damos hoy el tiempo necesario para estar en lo que necesitamos, nos empujamos y forzamos por sistema en muchas ocasiones sin tomar conciencia de ello . 
Asimismo, al aparecer la frustración se podían dar distintas posibilidades: entre ellas que no nos hicieran caso y, por lo tanto, careciésemos de presencia y amor para atender genuinamente a ese sentimiento, o que desviasen nuestra atención para que no sufriésemos o juzgasen inadecuadas nuestras respuestas, y esto hoy deriva en una inmadurez a la hora de acompañar nuestro propio dolor de adultos, en superar dificultades y en el automatismo de sojuzgar negativas ciertas emociones. Por todo ello, hoy nos es difícil poder acompañar nuestra propia frustración y la de nuestros hijos. Todo ello nos genera conflicto interno y malestar, una diatriba cansada entre la realidad, nuestra realidad y los juicios, fantasías, y situaciones forzadas a las que nos empujamos.

3.- Laura ha estado en movimiento libre con su hijo Carlos hasta ahora. Tiene un año y medio y ahora a veces le ayudan a bajar las escaleras, lo alzan del suelo. Carlos se ha caído al suelo de madera del ambiente de los pequeños y dice “mamá”, es de las pocas palabras que pronuncia, así que mamá implica todo aquello que requiere al objeto de su amor. La mamá interpreta “levántame”. Probamos a que la siguiente vez esté en presencia a su lado, serena, cuando Carlos  la llame y espere para comprobar cuál es su necesidad sin anticiparse. En esta ocasión Carlos quería que “mamá” estuviese cerca, mas él mismo se levanta y sigue con su juego sin pedir apoyo motriz ni mayor apoyo emocional tampoco.

Nuestras ideas preconcebidas actúan como filtros que impiden que veamos la realidad, observemos y desde la presencia podamos acompañar la satisfacción de necesidades de nuestros hijos.

Recuerdo a mi hija Carmen, con ocho meses, bajando las escaleras de nuestra casa, de madera, con forma en espiral, y yo respirando a su lado; a cada paso, con cada culada, búsqueda de agarre y vuelta atrás para seguir adelante, me daba una lección de confianza en la vida.
Y a mi hijo Rodrigo escalando hasta lo alto de los viejos olivos de nuestro bosque, hace pocos meses, y respirar de nuevo para envolverme en la confianza y poder acompañar desde ahí. Qué oportunidad maravillosa acompañar a los hijos desde el respeto, de qué sentido nuevo y lleno se impregna el presente y cómo van cayendo límites propios que impiden la libertad y apareciendo otros nuevos que favorecen el respeto por sus procesos de vida.

Moverse en libertad, dar los primeros y siguientes pasos confiando en los tiempos, capacidades y relaciones con el mundo personales posibilita que cada niño y cada niña se siga a sí mismo/a.
Mon Gómez

Mi agradecimiento a cada padre/madre e hijo/a de nuestro grupo en La Puerta Azul, quienes conjuntamente construimos nuestro mejor entender, sentir y acompañar a nuestros hijos día a día.


lunes, 9 de enero de 2017

EL VÍNCULO CON LOS HIJOS por Mon Gómez

Cuando nacen nuestros hijos deseamos ser los mejores padres, deseamos que sean felices y se convierten en nuestra prioridad. Cambiamos nuestras vidas, aprendemos para ofrecerles lo que creemos que necesitan, y hacemos lo que consideramos necesario para que su desarrollo sea saludable. Estos anhelos y esfuerzos son comunes en los padres y madres que conozco.

Llega al mundo mi recién nacido, lo miro, lo toco, estoy y no necesito mucho más ni él, lo primario se activa habitualmente en las madres y nuestro instinto nos vincula orgánicamente con nuestro hijito. Estamos y con esto ya es todo. No hay nada más alrededor. Está él o ella y nosotros. Confluimos con ellos. Este vínculo amoroso primario y primero es la base de nuestra relación con nuestros hijos/as. La nutrición materna por excelencia.




Y van pasando los días, las semanas, los meses y los años. Los niños van cambiando, nosotros también, vamos siendo, cada vez con más libertad de ser y estar y hacer. Y los momentos vinculantes van aminorando.

 Es natural que con la aparición de otras personas e intereses en la vida de los niños/as aparezca una respiración en que en un polo está el alimento materno del vínculo y en el otro las interacciones autónomas con otras personas u otros intereses/ materiales : los papás tras unas semanas se hacen más presentes, más tarde otras personas cercanas de la familia o amigos frecuentes,  empieza a cobrar interés el entorno y son más independientes para poder interaccionar, más tarde inician relaciones con otros niños y niñas, conocidos/as, las personas habituales del pueblo o barrio, y el círculo se va ampliando hasta la adolescencia que es  una poderosa etapa de expansión/ contracción, en que es importante estar solos y también que el círculo sea cada vez más grande para poder ir respondiendo con estos contactos y con una nueva respuesta,  a  la pregunta de "¿Quién soy yo en este mundo?"

Mas cuando los niños cuentan con corta edad, en su infancia, incluso en sus interacciones sociales, nuestra presencia les es necesaria para orientarlos, protegerlos, acompañarlos en su asertividad, mirarlos… y, si estamos disponibles, la tomarán como un bien preciado para su desarrollo.

Mas los padres y madres habitualmente nos desvinculamos a un ritmo acelerado si lo comparamos con la necesidad de los niños. Nos cuesta mantenernos en presencia y los tiempos de fusión  van rebajándose. Nos parece que ya pueden jugar sin nosotros presentes, pueden relacionarse sin nosotros presentes, pueden .. y así es, van adquiriendo esta capacidad, pero aunque vayan pudiendo físicamente, desean desde el amor que estemos frecuentemente alimentándolos con nuestra mirada y presencia, no por una cuestión de supervivencia clara como en el caso de un bebé sino por una cuestión de desarrollo y confianza en sí mismos. 

El desarrollo infantil es lento. En esta sociedad apurada cuesta aceptarlo. Andamos a prisa en todo incluso en estirar a los niños para que crezcan antes. Y somos seres nidícolas biológicamente, es decir, nuestro desarrollo va ligado a un largo tiempo de permanencia en el nido y el nido, además que  la casa física, son mamá y papá;  al contrario de los patos que son nidífugas y saben nadar nada más nacer, los seres humanos para poder aprender a vivir nuestras emociones, conectar nuestros intereses y movernos con capacidad, requerimos de largos años de atención por parte de los adultos de nuestra sociedad.

En algunos casos el tiempo de vínculo se rebaja drásticamente: guarderías, colegios, extraescolares, y cuando los peques están en casa a veces las mamás o papás buscan entretenimientos para que no molesten. Y los niños o se habitúan a esta carencia y la copiarán en su relación consigo mismos o protestan y no sabemos qué quieren, qué les pasa, “si hace un rato que estuve ya contigo, y ya está reclamando otra vez” o juicios duros “ eres un pesado, a ver si me dejas un rato en paz” de los que los niños extraen quiénes son dada su condición fusional con el adulto cuidador: “ soy un pesado, mamá no puede estar tranquila conmigo, le molesto” y necesitan disculpar al adulto del que dependen para poder integrar esta información que para ellos es veraz y además funcionar atendiendo a lo que su madre ( objeto de su amor) le dice que es ( un pesado) y que parte de una carencia de vínculo amoroso de la madre hacia el niño. Cuando crezcan, y su voz interna les pida atención genuina se responderán a sí mismos: “eres una pesada necesitando esto y lo otro, y atención y amor” y no se podrán dar amor a sí mismos y seguirán buscando fuera y devaluándose dentro en un círculo vicioso.

 Cuando la atención no es genuina, no reconforta, la sensación de carencia permanece o cuando es muy esporádica o el acercamiento se produce en la mayoría de las ocasiones para recordar que “ hay que ordenar, terminar la merienda, etc.”


Nuestros hijos están “enamorados” de nosotros, es un mecanismo biológico que ayuda al aprendizaje y el desarrollo, sienten un amor tan profundo que nos necesitan como nosotros necesitamos a aquellas personas que nos inspiran amor, quieren vernos a menudo, hablarnos de lo suyo, contarnos, escucharnos, que nos interesemos por sus intereses y los acompañemos en su vida, como cuando tú conociste a tu marido o a tu mujer y bebías los vientos por él o ella.  Y la manera de mostrar y pedir amor atiende al contacto corporal frecuente, al contacto compartiendo intereses y al contacto amoroso emocional.

Y pareciera que hubiera un deseo de que los niños crecieran rápido o sin hacer mucho ruido, sin interaccionar mucho con nosotros directamente mas no creo que sea un deseo auténtico, sino una dolorosa herencia social y personal,  pues las mamás suelen hablar de lo rápido que pasa el tiempo en la crianza e infancia de sus hijos, con nostalgia. A mí me sorprende esta apreciación. Personalmente no he tenido esta percepción desde que han nacido mis hijos. Hoy creo que tiene que ver con esta idea de estar o no presente, estar o no disponible, estar o no vinculada o echar en falta lo que no se completó , lo que no fue.

Cuando estás vinculada a una persona, el tiempo es eterno. Se diluye la sensación de reloj y va tan lleno, que es un tiempo inmenso. Mas no hay nostalgia porque permanece la presencia en la nueva etapa y la anterior se vivió con dedicación. No quedan flecos pendientes. O quedan menos.

En los grupos de trabajo de adultos, pasa a menudo en mis talleres, que las personas se vinculan desde el primer día, parece como si se conocieran y se sintieran a gusto, cómodos y quieren a sus compañeros. Es porque hay presencia, nos escuchamos genuinamente, compartimos con autenticidad los juegos y hablamos desde el corazón. Estamos para eso. Esto es vinculante y es el alimento relacional más importante que recibe el ser humano desde su nacimiento.

Con los niños esta necesidad es vital. Estar para ellos, estar para mirar lo suyo, acompañar sus emociones, para jugar, estar para perder el tiempo con ellos ganándolo es el alimento para que sigan siendo quienes son y quienes llegarán a ser y lo vivan en valor.

Pues más allá de lo que pueda suceder, incluso si en ocasiones tenemos conductas inadecuadas con nuestros hijos, este vínculo permanecerá y será el fundamento de la relación sana, nutritiva, incluso de poder reparar con amor cualquier situación de desconexión.

(C) Mon Gómez. La Puerta Azul



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