viernes, 15 de noviembre de 2024

"A personas felices, madres complacientes" por Mon Gómez

"A personas felices, madres complacientes.
Así que cuida de tu contento, de tu alegría.
Conéctate a la generosidad de la vida.
Siente lo radiante, el juego, y date atención exclusiva.
Escucha tus necesidades y gratifícate, relájate, concéntrate y disfruta.
Concédete espacios de calidad y compañías de calidad.
Pues si no lo haces, es probable que trates de cubrirlas a expensas de tus hijos,
es probable que tu niña interior enfadada, triste o frustrada le robe su lugar a tu hijo real.
Cuanto más feliz seas, más conectados estarán tus hijos a la fuente de la vida.
Cuanto más cuides de tu paz interior y tu plenitud, de tu amor y aceptación,  más estarás cuidando de la salud de toda tu familia.
A personas felices, madres complacientes y vinculadas,
¡...y padres!"

Mon Gómez


TLF. 682828378 (mejor whatsapp)

UNA VOZ QUE GUÍA TUS PASOS por Mon Gómez

No se acaba quién eres ni en el sentir ni el pensar.
Contactar con lo que sentimos y ordenar lo que pensamos es necesario y un paso.
Sentir es un producto de la mente.
Y hay más allá de sentir y pensar una voz que guía tus pasos.
Hay quien piensa y se olvida de su pasión, su entusiasmo, inocencia...su parte niña. En algunos momentos cada cual actuamos así.
Hay quien siente y no pone en acción su capacidad de planificar, conectar ideas...y desprecia en esto a su parte intelectual adulta. En algunos momentos este es nuestro comportamiento.
Nuestra niña y nuestra adulta están deseando escuchar a esa voz que las guía, profunda, sencilla, más allá de la mente, y ser escuchadas en sus rabias, dolores, anhelos, deseos, para ir creciendo verdaderamente y enfocarse en el amor que les es propio.
No como un ropaje, sino desde la desnudez.
Al acompañar a los otr@s, sobre todo los más pequeños, nuestra parte emocional reclama lo que no tuvo y entra en conflicto de intereses con nuestros hijos.
No sabe de que ha pasado el tiempo y ya nadie, más que ella misma, le dará lo que está lícitamente queriendo.
Nuestra parte intelectual que se abre a la lucidez a veces pierde protagonismo o entra en disensión con las ideas heredadas de nuestros padres y se confunde.
Ver este proceso con lucidez, poder expresar lo que se quedó sin decir en ambientes seguros para poder liberar esa energía y aumentar nuestra comprensión de nosotras mismas, nos va colocando en el lugar del amor por mí, por mis hijos, por mi pareja, por los que me rodean...
El amor como centro vertebrador del ser y estar. Como satisfacción legítima, que me es propia.
Mon Gómez




Consultas individuales y formación a colectivos
en acompañamiento consciente a los hijos/as y
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jueves, 14 de noviembre de 2024

¿PARA QUÉ INTERVENIR EN EL JUEGO DE L@S NIÑ@S? ESTAR PARA SER por Mon Gómez

¿Para qué intervenir en el juego de l@s niñ@s?
ESTAR PARA SER. EDUCACIÓN RESPETUOSA.  Por Mon Gómez

Este artículo está escrito a petición de Patri. Para ti y tu familia y otras familias a las que sirva. 

Producir y hacer son lugares de éxito y valor en muchos grupos humanos hoy. Hay una inquietud vital que se traduce en un reclamo de vivir en el sosiego, lucidez y simpleza. Estar, quedarse, permanecer en un estado de concentración relajada empieza a convertirse en una necesidad.
Las personas se sienten solas, no hemos aprendido a acompañarnos y que nos acompañen y nos charlamos demasiado a nosotros mismos.
El silencio de acompañarnos estando para nosotros, es el mismo de acompañar a nuestros hijos estando para ellos, para que puedan ser y en un futuro sepan acompañarse estando para sí mismos.

Y ese silencio ayuda a gestar en nosotros el respeto por sus juegos, sus ritmos de aprendizaje, por su movimiento autónomo y sus intereses genuinos.
Si los irrespetamos e imponemos nuestra manera de jugar, con la mejor de las intenciones, y transformamos sus juegos, o los movemos hacia lo que a nosotros nos interesa con frecuencia, o no respetamos sus ritmos de aprendizaje o descubrimiento y les adelantamos respuestas o capacidades, entonces aprenden que lo suyo no, que mejor lo de papá y mamá. Y lo suyo, ante todo, sí. Lo suyo, lo que traen, sí. Si lo suyo no, entonces aprenden a desconectarse de quien son genuinamente y pierden el sentido real de sus vidas. Así que este artículo protege que lo suyo sí.

Retomar el estar implica madurar la escucha y para escuchar es necesario silencio, calma, tiempo y confiar. Para escucharnos a nosotros mismos y escuchar a nuestros hijos y sus genuinas necesidades y respetarlas, y amarlos por lo que verdaderamente son.

Realizamos como padres algunas acciones automáticamente sin plantearnos las consecuencias que pueden tener en el desarrollo pleno de los niños y niñas,  y es interesante ver esas consecuencias para poder decidir libremente si queremos o no seguir haciéndolo así.

Algunas de esas acciones están vinculadas a intervenir en el juego, intereses, movimiento y ritmo de descubrimiento natural de los niños y niñas y yo me pregunto para qué lo hacemos como padres, porque tiene su sentido y aparentemente es un sentido desde la bondad:

  •   ¿Para qué intervenir en el juego de los niños?
  •  ¿Para qué hacerles preguntas sobre a lo que a nosotros nos interesa?
  •  ¿Para qué moverlos, columpiarlos, alzarlos a donde no llegan o negarles el tiempo y la confianza para que bajen ellos por si mismos?
  • ¿Para qué corregir y criticar?

Cuando he hecho  estas preguntas a padres y madres que siguen una educación tradicional o nos las preguntamos en el grupo de La Puerta Azul o en familia, cuando alguno de nosotros se observa en estas maneras de estar con los peques, las respuestas son variadas pero su esencia podría resumirse en las siguientes motivaciones:
  1.   para mostrarles interés y amor,
  2.   para que aprendan cosas importantes,
  3.   para ayudarles,
  4.  para ahorrarles frustraciones y que no se equivoquen.

 En este artículo voy a ir desgranando cada uno de estos motivos  para que podamos reflexionar sí  y, en tal caso, cómo podemos enfocar desde otro lugar esos motores de relación con los hijos/as .

     1. El primer motivo que se argumenta para defender el intervencionismo es “Mostrar interés y amor”

“ ¿Cuándo te has sentido verdaderamente amado/a por alguien? “, es una pregunta que suelo hacer a los padres y madres que atiendo. Y las respuestas suelen ser:
  •  Yo me siento amada cuando alguien comparte conmigo algo que me interesa mucho,
  •  Cuando ve cómo soy y así me quiere,
  •  Cuando me acepta sin condiciones, le cuente hasta el más íntimo secreto, sin juicio.
  •  Me siento amada ahora que estás concentrada en mí y no hay nada más importante.

Decía Maturana que amar es “aceptar al legítimo otro” y puntualiza Mauricio Wild que amar es “aceptar el absurdo del otro”.

La lógica de los niños nos es ajena, inadivinable, pues sus asociaciones cognitivas son casuales en la etapa 0-6. Los niños están en un mundo regido por lo sensorial, el movimiento y los afectos, lo cognitivo no está madurando apenas. Así que sus juegos son particulares, y su manera de aprender el mundo otra que la nuestra adulta. El instrumento y acción de que dota la naturaleza al niño para aprender es el juego. Y entendiendo que son ellos los que conocen qué necesitan ( ver mi artículo “Criar en libertad” ).

Es el juego algo muy serio y necesario de ser mirado, acompañado sin interferir, desde ahí se irá produciendo su confianza en quiénes van siendo, en cómo van percibiendo, en cómo van sintiendo, una confianza de raíz. Sobre todo los juegos simbólicos y creativos de los niños en sus primeros años.

En los acompañamientos de La Puerta Azul estamos en no intervenir en el juego del niño. Para algunos papás es una experiencia diferente a lo cotidiano y así surgen ajustes. Tampoco es algo que radicalmente defendamos sin fisuras, pues acompañar jugando genuinamente, cuando de verdad nos apetece y somos capaces de entrar desde nuestro niño, es verdaderamente nutritivo… mas es bastante difícil que así sea y depende de tipo de juego que se genere es posible o no entrar sin interferir, así que de momento hemos decidido durante los tiempos de acompañamiento no jugar con ellos al menos en aquellos juegos simbólicos y creativos en que inventan el mundo a su manera. Y esto es lo que va pasando…

Sonia con su hija Cintia. “ Hoy no he intervenido en su juego, me he quedado mirando, le he dicho que yo quería mirar cada vez que me planteaba jugar con ella y no le ha molestado. Su juego no ha sido tan disperso. Iba de una actividad a otra y podía enlazar el sentido que para ella tenía. Cuando juego con ella, interrumpo su actividad natural y no sucede esto, se dispersa”
Jugamos con los peques para mostrarles nuestro amor y atención en la mayoría de las ocasiones. Para los niños el juego es su canal de desarrollo por excelencia. Es algo absolutamente vital. Y la relación en el juego niño- adulto es asimétrica por varias razones:
  •     los adultos tratamos de dirigir, en muchas ocasiones acabamos creando el juego a nuestra manera;
  •      los adultos  somos más altos y somos, queramos o no, la autoridad;
  •  los adultos no solemos jugar genuinamente con ellos, el juego no es vital para nosotros.

No nos es posible saber qué se está desarrollando, creando, explorando en la cabeza de un peque y nuestra lógica adulta interfiere con ello una y otra vez, impidiendo que se cierren ciclos de experiencia autónomos, libre decisión que es la que crea nuevas conexiones neuronales y favorece el desarrollo y maduración del niño/a.

Según Maturana la vida se da dentro de una membrana semipermeable protectora, pero el desarrollo y maduración vital es interior, es un proceso que atañe al organismo vivo que en contacto con su medio va buscando de él aquello que va necesitando para satisfacer necesidades auténticas. Es un proceso autónomo y solo el propio ser humano sabe cuál es su necesidad en su interacción con el mundo que le rodea si está verdaderamente respetado y conectado.

    2. El segundo motivo que se argumenta para defender el intervencionismo es “Que aprendan cosas importantes”

El proceso de desescolarización de nosotros, padres acompañantes, es mucho más que no ir a la escuela, atiende al entendimiento de que juego y vida y trabajo y aprendizaje van unidos, vinculados y pueden ser uno en muchas ocasiones, también a que no hay un currículo establecido más interesante que otro, sino que la vida está llena de posibles aprendizajes y cada niño y adulto nos creamos nuestra singular carretera de aprendizaje, nos creamos nuestro propio viaje mediante el que vamos conectando intereses guiados por nuestra emoción y pasión. Los tiempos, edades, temas, no vienen prediseñados, tenemos la libertad de diseñarlos nosotros desde lo que nos es más propio y genuino.

 Raquel juega en la mesa de agua. Tiene tres años. Su papá la acompaña sentado en una mesa cerca. Ella descubre un tesoro. Está fascinada por el tamaño, la humedad, el color, y cada característica de este tesoro. Es una pequeña hojita de olivo que ha caído al agua. Se la lleva en la yemita de su dedo a su papá. Raquel tiene tres años, su percepción del mundo es sensorial, no entiende de razonamientos ni conceptos, sus sentidos son su brújula.
Y el papá, con toda la buena intención, quiere mostrarle interés y le dice “ ¿qué es esto, Raquel?” (es una pregunta ciertamente vacía, pues la simpleza de lo que es hace pensar que la niña conoce su nombre, así que la pregunta sorprende a la niña que se queda en silencio y desvía su centro  de interés).  A la hija no le interesa lo que es, no entiende, se queda mirando y él, entonces, para ayudar, le dice: “ es una hoja, ¿verdad?”  Raquel finalmente accede a complacer a su papá en el interés que le muestra por su nombre y le contesta “sí” pero ha desviado su atención de lo que a ella le interesaba verdaderamente. No se ha sentido sentida y ha habido interrupción de su proceso de experiencia y su constatación de amor/ atención.

Solo una observación y presencia amorosa atenta, sin palabra, o una descripción serían más próximas al sentir que puede tener Raquel. Y eso sí la habría hecho sentirse comprendida en la fascinación del tamaño, textura y color de la hojita de olivo.

 Lo cognitivo en la escala de los aprendizajes humanos está supervalorado por encima de lo emocional, motriz y espiritual así que esto, desde bien niños, lo reciben nuestros peques, incluso en entornos libres, cuando se dan apreciaciones o comentarios que desvían la atención hacia ello. Y en seguida los niños se adaptan: “si para que me quieran es interesante saber nombres, conceptos, etc., lo haré, antes de que de manera natural me surjan.”

  3. El tercer motivo que se argumenta para defender el intervencionismo es , “para ayudarles”

Roberto tiene 5 años y le pide a Gemma que le pinte la cara de tigre. Ella, solícita, lo hace, a su manera. Y Roberto no tenía en mente ese dibujo que se encontró en el espejo y se enfada. Para él es más difícil bregar con esta situación que con la posibilidad de hacerlo él mismo y aceptar o frustrase por lo que consigue. Porque el juego está en su mente.
En realidad a Gemma tal vez ni le apetecía tanto pintar la cara pero no sabía cómo decir que no sin que molestase al niño, porque no está integrada la bondad de la autonomía y el derecho al autorrespeto, por ende.
Y cuando Roberto se frustró, entonces ella le sugirió todo lo que podía hacer: “borrarse la cara, pintársela de nuevo…” se lo decía muy rápido, a un ritmo que el niño, absorto en su emoción, no podía contemplar. Cuando le dio espacio y lo dejó, manteniéndose suficientemente cerca para que él percibiese que estaba allí, él mismo decidió borrarse la cara, sin que nadie le apuntara cómo hacer.

Un organismo no puede desarrollar al otro. Es un mecanismo de autoconstrucción el que  nos permite ser y para ser de pequeños necesitamos a alguien a nuestro lado que esté presente, disponible y responsable, que no esté tan ocupado en ser lo que no fue, en mostrar, como en estar a nuestro lado acompañando en presencia y con amor y respeto nuestro proceso como peques.

.   4. Otro motivo posible para defender el intervencionismo sería “Que no se equivoquen. Corregirlos.”

Esto a mí personalmente me ha costado mucho en la vida aprenderlo. No tanto hacia mis hijos sino hacia mí misma y otros adultos. Aún estoy en ello. Hay una dificultad para asumir el fracaso como parte nutritiva e inevitable de la vida, y un querer colocar un salvavidas que evite la frustración o caminos más largos. Qué soberbio no rendirnos a la vida y entender que nada malo ni bueno tiene acertar o no acertar, que qué es acertar realmente, si no sabemos las vueltas que puede dar el juego…

Mónica está con su hijo Álvaro de dos años. Álvaro tiene unos lápices en una caja. Los tira y quiere meterlos por un orificio que no es “el correcto” . Mónica se  los quita, los trata de colocar mostrándole la manera. El niño la mira, coge la caja y la tira hacia atrás. ¿Han hecho lo mismo el uno con el otro? ¿Se han tirado el juego por la borda?

¿Cuál es, pues, la manera correcta? Cualquier científico, investigador, descubridor, piensa divergente, no entiende que hay una única lógica correcta, sino que su particularidad, como el niño, le lleva a descubrir lo nuevo del mundo. Igual que al niño. Confiar en su lógica y en su proceso le llevará a que confíe el mismo, disfrute del placer de descubrir autónomamente y se sorprenda por el mundo que le rodea sin que le roben ese placer los adultos, ese descubrimiento y sorpresa.



Y, pues, 
¿Qué necesita un niño?
  • Amor, presencia, interés por lo suyo, responsabilidad en la relación, cuidado, respeto por quién es y cómo hace ( ritmos, emociones, pensamientos, etc). Y que sus padres se amen a sí mismos como padres, se ofrezcan autopresencia y entre ellos, responsabilidad en su relación con el otro y entre ellos, respeto por qué tipo de padres y madres son y sus ritmos, emociones y pensamientos.
  • Que lo acepten como es y que lo acompañen en su proceso de seguir siendo. Y que sus padres se acepten como son y que se autoacompañen en su proceso de seguir siendo.
  • Un ambiente rico que le nutra de experiencias y le dé tiempo para digerirlas: contacto y retirada automodulados. Que sus padres tengan también un ambiente de apoyo entre adultos y con otras familias que nos nutra de experiencias y condiciones adecuadas para irnos colocando en nuestro mejor ser y tiempo para ir digiriendo y colocando cada nuevo lugar aprendido.


Mon Gómez




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jueves, 17 de octubre de 2024

AUTOESTIMA Y/0 CONFIANZA EN SÍ MISMO de nuestro hijo por Mon Gómez

La raíz de la AUTOESTIMA Y/0 CONFIANZA EN SÍ MISMO de nuestro hijo.


  •  ¿Cómo se genera la autoestima en el niño y, por ende, en el adulto?
  •  ¿Cómo surge la confianza en una misma?
  • ¿Provienen del mismo lugar autoestima y confianza en uno mismo?
  • ¿Son lo mismo?
  • ¿Qué podemos aportar desde el acompañamiento a nuestros hijos con respecto a ello?

La diferencia fundamental entre autoestima y confianza en uno mismo, atiende a la diferencia entre amar lo que el niño es independientemente de lo que haga, diga, piense o sienta y amar lo que el niño consigue con sus capacidades y su proceso.


  • La raíz de la autoestima proviene del amor incondicional al niño/a.
  • La raíz de la confianza en sí mismo proviene de la autonomía y el valor del proceso y el resultado de lo que emprenden: el desarrollo de sus capacidades.

Hay personas que tienen confianza en sí mismos y pueden emprender proyectos ambiciosos y buscar recursos para que vayan a buen  término o ir tras aquello que desean en la vida, sea un modo de vida, un gran viaje, una empresa… pero no se aprecian independientemente de lo que hagan. Hay un algo de desprecio interno, en que uno no siente que está bien, o podría ser mejor…o algún “pero” constante que ronronea cuestionándonos quiénes somos y, más allá de ello, lo que sentimos, pensamos o percibimos, que nos impide la plenitud.

En estos casos el amor incondicional no se ha dado.

Se ha dado un proceso de autonomía bien llevado a cabo en el que las capacidades no están en entredicho. Incluso, pueden haber estado sobrevaloradas, o haber sido el eje por el que se conseguía el amor: "si haces esto, te admiro, conquistas mi impacto, te veo". Por lo tanto, de hacer o no hacer esto dependerá tu amor por mí.

La autoestima, por la contra, procede de la convicción  del niño, que será adulto más tarde, del  valor y aprecio que sentimos por él haga lo que haga, sienta lo que sienta, piense lo que piense y que interiorizará en el amor incondicional por sí mismo.

¿Y cómo llegamos los seres humanos a amarnos incondicionalmente? Si nos han amado incondicionalmente en la infancia, interiorizamos esta manera de mirarnos, vernos y percibirnos, nos vivimos como algo que ya está completo y es merecedor de amor en todas sus manifestaciones de vida. Qué gustazo vivir con esta convicción y sentir interior.



Dice Jesper Juul, para explicar el sentir de amor incondicional hacia el hijo, que cuando nace el bebé, recién nacido, lo miramos con un amor sublime, vemos su perfección en lo que ya es, lo amamos por ser, por estar, porque la vida nos permite mirarlo, descubrirlo, estar cerca… ese amor incondicional es el que genera la autoestima interna. Cuando más de esta manera miremos y nos relacionemos con nuestros hijos en crecimiento, mayor autoestima tendrán: la aprenderán de la relación primaria y no contemplarán otra manera de estar con ellos mismos más que desde el amor. Tanto si están enfadados, como si piensan algo con lo que no estamos de acuerdo, como si juegan, leen, discuten, se ríen, descubren… esa mirada y sentir de amor incondicional reposando en ellos, les irá llenando el pozo de amor con el que vivirán de ahí en adelante.

La confianza en uno mismo, necesaria para emprender acciones, tomar decisiones, etc. provendrá del principio de autonomía/ dependencia. Sabiendo que los niños son seres dependientes de nuestro amor, disponibilidad, de nuestra presencia, responsabilidad y cuidado hacia ellos, también sabemos que son capaces (según la etapa evolutiva en la que se hallen) de elegir intereses motrices, sensoriales, intelectuales y sociales y gestionarlos según su capacidad en ese momento, acompañando amorosamente y sin intervenir si no es necesario por seguridad o respeto al otro.

Es muy interesante a este respecto habitar ambientes preparados para la edad en la que está el niño o niña, y aunque el ambiente preparado para la vida es por excelencia el planeta Tierra así que esa exploración más cercana o amplia (dependiendo de la edad, necesidades e intereses de los niños) de lo que me rodea, sin jerarquía, me llenará de recursos y gozo por la vida, yo también soy partidaria de habitar ambientes preparados específicos para cada edad y compartirlos en grupo con familias afines, con máximo de libertad y autonomía, pues propician el desarrollo, favoreciendo el estar amoroso y la confianza en uno mismo/a. Es por esto que nace La Puerta Azul, en Jerez, donde los padres y madres acompañamos a nuestros hijos en ambientes propicios para su desarrollo autónomo.

Mas sin mirada amorosa, incondicional, algo tan básico como el agua a la vida está flaqueando. Es la base de la supervivencia y, en base a ello, el respeto al ser autónomo dentro de la etapa de desarrollo en que cada niño o niña esté en ese momento.

Si no se da el amor, no hay posibilidad de abrir al verdadero desarrollo. Sobrevivirán de adultos pero no darán el paso a la vida en plenitud.
Parecerá que lo hay , parecerá que hay satisfacción por lo hecho, por lo que se vive, pues habrá alimento en la acción y cierta relación con el exterior... mas faltará el agua, estaremos sedientos al crecer, anhelaremos y pensaremos, como pasa a veces, que tenemos hambre y tal vez podamos hasta convertirnos en voraces mas no nos saciaremos, pues lo que tenemos es sed de amor incondicional.

Si te ha gustado y te ha servido, por favor, comparte, y ayuda a que llegue esta nueva mirada a cuantas más mamás, papás y educadores mejor. ¡Gracias!

Mon Gómez

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martes, 23 de julio de 2024

CONFIANDO EN EL APRENDIZAJE NATURAL DE LOS NIÑOS Y NIÑAS por Mon Gómez


Gran parte de lo que necesitamos está en nuestro interior.

Aprendemos de dentro hacia afuera. El movimiento deviene de una necesidad interna y, al acompañarla, se dan los procesos necesarios para que se complete esta necesidad, buscando fuera lo que ayude a su satisfacción. 

Recuerdo a mi hijo mayor tratando de embarcar una pelota repetidamente, con cuatro años, una y otra vez, en el tejado de la casa de la Finca Los Olivos, donde tuvo su sede La Puerta Azul. Diría que se pasó horas con esto. Su necesidad interna de orden, su voluntad de repetir hasta conseguir, su empuje de desarrollo motriz y afinar esa motricidad en pos de un objetivo que él mismo se marcaba estaban de manifiesto. Procedían de su interior y al dejarlas libres, sin tiempo ni expectativa, se iban completando y desarrollando. Necesitó algunos materiales externos y en este caso, no más que la mirada ocasional de los adultos que lo acompañábamos. El resto: la motivación, la voluntad, la concentración, la experimentación, la memoria, repetición con variables y la dedicación temporal la puso él, con la protección de que ningún adulto interviniese en el proceso frenándolo o corrigiéndolo.

Aprendemos desde dentro. Dentro de nosotros la motivación, concentración, comprensión, memorización de aquello importante para nuestras vidas es un proceso natural y que se produce desde la necesidad. En el momento en que hay apertura a que un nuevo aprendizaje se prenda en el niño/a porque ha sucedido algo interna o externamente que estimula esa necesidad y la pone en foco, el cerebro reptiliano ( el más antiguo y vinculado a lo instintivo) y el cerebro límbico ( aquel que gestiona las emociones) ayudan a la grabación de lo cognitivo que van necesitando, van en línea. Es fácil asumir lo nuevo cuando es imprescindible a un nivel motivacional interno. Es difícil cuando es otro el que me dice que debo aprender en este momento, estas cuestiones que, tal vez, para mí, no están en primer plano, y entonces, necesito generar un esfuerzo extra adaptativo, probablemente para conseguir valoración, reconocimiento, pertenencia u otros esenciales para el niño.  Qué maravilla que esta valoración y reconocimiento y pertenencia no estén en cuestión siguiendo las órdenes internas, qué belleza poder seguir al niño o niña y valorar su proceso natural, facilitar lo que va necesitando, qué mejor regalo para su desarrollo pleno, desde su ser interno, que su conexión con quién es, qué necesita y qué le interesa hacia el mundo que le rodea y que le proporciona parte de esto, crecimiento, contacto relacional.

He trabajado durante más de una década en la escuela convencional y estaba convencionalmente convencida de que podíamos motivar a los niños y niñas, de que ese era el camino para que se interesasen por nuevas cosas y crecieran cognitiva, emocional, motriz, y espiritualmente, hasta que he caído en la cuenta del engaño.

Mereciendo la importancia de que el entorno del niño sea rico, variado, con personas que se fascinen por lo suyo, e intereses diversos rodeándolo, la motivación, la elección de por dónde seguir tejiendo su propia red neuronal interna, su propio esquema vital de aprendizaje, su deriva personal tal como lo llama Vega Martín, o su devenir espontáneo, tal como me gusta nombrarlo a mí, es un proceso interno y particular, no previsible. Intervenir en ello corrigiéndolo implica impedir que se desarrollen desde lo que les es propio.

Así en las escuelas, los especialistas en educación, y los padres desde las casas en ocasiones, las más que menos, proyectamos fuera lo que naturalmente se encuentra en el interior de cada niño si permitimos que brote.  Nos han ido engañando diciendo que vive fuera, y nos lo hemos creído y así lo trasladamos a la siguiente generación en un engaño que se perpetúa, y que ayuda al control y resta puntos a la confianza. Depositamos en otros la posibilidad de que nos motiven, en rutinas externas el poder de concentrarnos, o en técnicas de estudio la capacidad de memorizar u organizar pensamientos y, sin negar estas posibilidades, puedo afirmar que el camino es en dirección contraria, si nuestro interés real es permitir y facilitar el desarrollo humano.

La motivación y la concentración son capacidades internas que se activan naturalmente mientras respetamos y valoramos nuestro ciclo natural de necesidades. Quiere esto decir que, si no coartamos el ciclo biológico de necesitar e ir en pos de esa necesidad, y lo apoyamos, facilitando en el acompañamiento al niño que se dé y confiando en su sentir, ser, estar, pedir e interesarse interno, se produce de manera natural y sin esfuerzo extra, ni desvío, la motivación y la concentración casi constante con calidad y desde la confianza que procede del interior y no necesita de otros para que se active.

En la escuela actual y, desde las mejores intenciones, se trabaja en programas de atención a la diversidad,  motivación, métodos de evaluación para comprobar el aprendizaje, o planificación de técnicas de comprensión y memorización, muchas veces descontextualizados del propio aprendizaje, como herramientas externas,  con un coste de recursos humanos, temporales y económicos que me apena. Cuán más sencillo dejar ser a los niños y niñas y enfocarnos en lo que ya está y se da. Si diluyo mi influencia constante como profesor o profesora y permito que se dé con naturalidad el interés y lo sigo, ¿qué sucedería?, ¿cuál sería el riesgo? Quizá la pérdida de control y la ganancia de la confianza, quizá perder mi importancia para dársela al niño o niña y a su proceso personal, ganar en recursos humanos para acompañar y perder en currículos, programaciones y evaluaciones, y otras muchas transformaciones de mirada y estar. Sería simplificar la escuela a su esqueleto vital para que se recubriera sanamente de niños y niñas verdaderamente aprendiendo, deseando aprender lo que quieran aprender sin juicio ni expectativa de qué es mejor aprender o no, confiando en su tejido interno, en sus redes internas. Sería una verdadera revolución educativa que en algunos países tiene ciertos reflejos en los entornos homologados y en el nuestro en una extensa red de escuelas libres y activas y familias unschooling que han apostado por este enfoque de vida.

Desde la escuela o desde la familia parece que fuera necesario un aluvión de exigencias externas (elaboradas técnicas, recursos, ideas, planes que vienen desde fuera) para activar lo connatural al ser humano, la innata curiosidad, la motivación intrínseca a la vida y el crecimiento, la concentración ante lo que necesito prender en mí, la comprensión y el análisis del mundo y de mí mismo.
Y esto atrofia.

¿Y desde la familia? ¿Cómo funciona la proyección externa en lugar de la confianza en los procesos de interés y aprendizaje de los niños? Podríamos extender este aprendizaje no solo a los cognitivo sino también a lo emocional, motriz y espiritual. ¿Cuántos aprendizajes diarios son fruto de la espontaneidad y facilitación confiada de los adultos padres y madres que acompañan? ¿Cuántos son programados y dirigidos? Cuando la cualidad propia, inherente del niño, es el juego; la actividad por excelencia para digerir sus sucesos diarios emocionales, de acercarse con todo el cuerpo y prender los nuevos conocimientos, la forma de explorar su motricidad y desarrollarla y de encontrarse con algo más allá de sí mismos o tan en sí mismos como lo sensorial que, a mi entender, nos conecta con la parte más trascendental del ser humano y su silencio interno, su amplia comprensión.

¿De cuánto tiempo de juego libre  disfrutan los niños más allá de sus actividades programadas? Y dentro de ese tiempo, ¿cuánto de este tiempo es verdaderamente sin condicionar, dirigir, intervenir y es facilitado por adultos amorosos que proporcionan mirada y escucha cuando el niño la necesita? Sería interesante observar estos porcentajes en tu familia, tal vez te daría una idea de qué pequeña parcela de libertad disfruta tu hijo/a en su infancia si su vida transcurre en una escuela al uso y asiste a actividades extraescolares. 
Y esto atrofia.



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martes, 25 de junio de 2024

Decirles la verdad a los hijos/as por Mon Gómez


 (He escrito este artículo después de releer el libro de Laura Gutman:  Qué nos pasó cuando fuimos niños y qué hicimos con ello. Os lo recomiendo encarecidamente.)

Nombrar lo real.

Los niños tienen una maravillosa capacidad para integrar lo que suceda sin juicio y esta integración se produce con mucha facilidad en los primeros años, ayudada por el acompañamiento veraz de un adulto con el que estén vinculados. El juicio lo aportará el acompañamiento condicionado por parte del adulto. 

Que las circunstancias de su realidad sean idílicas o infernales puede ser en cierta medida una suerte o trágico, mas que no nombremos esas realidades tal como son es devastador. Produce una brecha entre la realidad y la percepción del niño por un lado, y el constructo mental (pensamientos, emociones) `que provienen del adulto que acompaña por otro y al no casar ambas partes ( lo que el niño percibe no cuadra con lo que el adulto le dice que pasa o siente o piensa) algo se descompone en su percepción global: no van en línea sensaciones, emociones, pensamientos y comportamientos, “algo no casa”… y se crea confusión. En esta batalla tiene las de ganar la visión del adulto y será la que probablemente se imponga sobre la percepción del niño. Y esta confusión que origina  la situación deviene en los niños cuando crecen en falta de orientación mental, emocional, sensorial, y otras cuestiones.
Estamos tan acostumbrados a vivir con ello que apenas reconocemos que puedan existir otras posibilidades de realización.


Si un niño en este tiempo de mente absorbente escucha de su mamá que “está bien” cuando él percibe que está llorando, su cuerpo tiembla y su rostro está abatido e incluso ( estoy convencida de esto, pues lo compruebo con mis hijos pequeños una y otra vez) es capaz de sintonizar con los pensamientos de dolor y/o de sufrimiento de la madre, algo sucede que no casa. No encaja. El mundo tal como lo percibe el niño no corresponde al mundo tal como lo nombra mamá y mamá es  tan importante y el niño tan dependiente que prevalecerá el nombre que mamá le dé y el niño se desconectará de su sensación o percepción personal, es decir, dejará de confiar en sí mismo. En pocas palabras, dejamos de fiarnos de nosotros mismos para pasar a fiarnos de otros. Nos quedamos solos. Sin lo esencial. Nos quedamos sin acompañamiento ni anclaje. A merced de los vientos.

Y si un niño siente enfado con otro y su mamá se lo ningunea, sin atender y licitar,  y decide centrar la atención no en la vivencia emocional del niño sino en  la situación, en lo que el otro niño siente, piensa, debería ser… entonces el niño aprenderá a no escucharse y tergiversarse cuando sienta enfado, de tal manera que no podrá atender a sus propios límites personales porque desconocerá su ubicación: carecerá de esa estructura básica.

Y si un niño recibe violencia de su madre, que lo agarra fuerte para sacarlo de una situación incómoda para ella, por ejemplo,  y le nombra esta verdad camuflándola en su ser contrario: “la bondad de esta madre que ayuda a su hijo” en lugar de nombrar su incapacidad para acompañarlo y el resorte automático que se genera, entonces este niño pensará que la violencia es algo bondadoso y la ejercerá por el bien de su hermano, sus amigos, sus hijos en un futuro y buscará a quien se relacione desde ahí.

Y si cuando un niño está feliz de haber hecho algún descubrimiento y se lo comparte a mamá, la mamá le llama a esa felicidad y alegría "jaleo, ruído, molestia" entonces aprenderá que cuando siente alegría ese nombre es molestia y poco a poco irá asociando la molestia con la alegría y no la podrá disfrutar. Qué loco todo esto y qué real.

  • ¿Y qué pasaría si dijésemos la verdad? O al menos tanta verdad como seamos capaces de observar y reconocer…
  • ¿Qué se pondría en juego en mí como adulto/a?
  • ¿Qué se pondría en cuestión en mí como adulto/a?
Tal vez se pondría en juego mi imagen, mi dificultad para admitir mis equívocos,  y en cuestión mi  capacidad de maternar amorosamente, mi miedo a sentir, quedaría al desnudo mi vulnerabilidad y humanidad, mi dificultad para vincularme a mi peque o separarme de él… bueno, esto es así, es un secreto a voces en nuestra generación y las anteriores, basta dar un paseo por la calle o un parque y podríamos hablar de hermosos ejemplos de encuentro entre padres e hijos y de devastadores momentos de relación entre estos mismos padres e hijos.

Nombrar el daño, nombrar el amor, nombrar lo que siento, nombrar lo que hago, ayuda a integrarlo. Los niños pueden integrar experiencias duras, de guerra, pérdidas de seres queridos, etc., si son bien acompañados, si se les nombra la realidad con palabras simples y se acogen los sentimientos que de ella devengan. Y esta experiencia difícil les enriquecerá y los humanizará, los hará más comprensivos en el futuro del corazón humano. Mas ante experiencias mucho más sencillas manipuladas y falseadas, el niño se perderá y puede hacerse un mundo y desarrollar verdaderos problemas anulando espectros de sentimientos ( enfado, tristeza, rabia, etc.) o tergiversando las realidades que le fueron dadas en falso por su mamá o su papá o cualquier otra figura de cuidado primaria.

Me viene a la mente Rebeca. Rebeca Wild, que era guía Montessori, adoraba los materiales sensoriales que se emplean en los ambientes para niños y niñas de entre 3 a 6 años. Unos cuantos de ellos corresponden a pares que se deben emparejar desde los diferentes sentidos: olfato, gusto, vista, tacto, oído. Ella los contemplaba sagradamente y , como si fuera la primera vez que jugase, los hacía cuadrar, “ casaban o no casaban” unos con otros: “ este casa con este”,  “este no casa”. Y este es una de nuestros primeros aprendizajes: la percepción sensorial de la realidad y encontrar los iguales. Lo que sí va, lo que no va. En el futuro se convertirá en un concepto sólido si tenemos estos perceptos  bien asentados y entonces podremos decidir lo que del mundo casa entre sí o casa con nosotros para decisiones más determinantes que juntar un par de olores o sabores.

¿Pero cómo vamos a saber lo que casa con nosotros si nuestra brújula interna está falseada?
¿Cómo vamos a saber qué sí o qué no si solo podemos sentir parte del espectro emocional y adquirimos confusión sobre nuestras percepciones porque han sido negadas o no escuchadas o directamente confrontadas?

Así que si la base está  desajustada, aprenderemos a renunciar a lo nuestro y no podremos saber qué casa con nosotros, y puede ser que tomemos muchas decisiones incluso en nuestra contra o, al menos, sin que nos sean nutritivas.

Otro de los  sabios planteamientos de Rebeca Wild  era “ digo lo que hago” y “ hago lo que digo” y me ahorro muchas otras palabras innecesarias. Al trabajar con los materiales  manipulativos de cálculo esta tarea de “ decir lo que haces y hacer lo que dices” que parece tan simple, nos abre al darnos cuenta de la brecha entre nuestra palabra y nuestra acción. Poco a poco, al trabajar desde aquí se producen cambios, porque empieza a ajustarse palabra y acción y a transformar nuestras vidas. Y sé de casos de fuertes crisis de parejas y reajustes a posteriori positivos, porque a pocos alguien en la casa empezó a decir lo que hacía y no a callarlo, o a hacer lo que decía y no a dejarlo pasar, tras su trabajo en materiales.

Si le cuento al niño lo contrario de lo que hago, pues lógicamente el niño estará confuso, pero dada su necesidad de amparo y amor, preferirá desintegrar la realidad a considerarme poco fiable, pues soy su sostén. Si el sostén es poco fiable, ¿qué va a ser de él? Está en juego su supervivencia y eso es más grave que ninguna otra cosa para un niño/a.

Así que creerán las mentiras como si fueran verdades por no cuestionar la figura materna.

Y cuando de mayores, de repente, alguien nos dice una verdad no nombrada, se suele producir un estado de choque, de confusión, que suele quedar en el silencio, hasta que se va ajustando e iluminando esto nuevo de mí que no veía. Ese mismo estado de confusión por el que transitábamos de pequeños cuando la asociación entre lo que decía mi madre y lo que yo percibía no cuadraba, esa misma confusión que se va deshaciendo cuando nosotros o personas que nos acompañan le ponemos palabras a la realidad que fue o es, y tras pasar por un momento de asombro, hacemos “click” y podemos entender mejor.

Los hijos son una oportunidad fascinante para que esto se dé en nosotros, esos “cliks”, y también para que tomemos conciencia como padres y cuidemos de validarlos, escucharlos, confirmar su percepción, sus emociones y su mirada al mundo y se lo puedan llevar como un tesoro de conexión consigo mismos a la adultez. El tesoro que traen por vivir. No robarles el tesoro de ser y estar con ellos mismos. Un proceso de madres-hijos o padres-hijos, en que ambos polos salen ganando.

Pues qué descanso poder nombrar lo que se es, lo que se siente, lo que se observa, lo que se hace, sin más. Licitándolo y confiando en que tenemos las herramientas vitales niños y adultos para integrar la realidad, lo que sí no podemos con salud es andar a cuestas con falacias locas  sin consecuencias trágicas para  los niños, los papás y mamás, la sociedad…

Algunos casos en los que solemos mentir a los niños:
  • ·         Cuando hablan de sentimientos que nos cuesta sostener: de enfado, tristeza, rabia…
  • ·         Cuando sucede algún acontecimiento trágico: accidentes, muertes, enfermedades…
  • ·         Cuando somos violentos o crueles con ellos: gritos, amenazas, castigos, invalidación, desprecios, etc…
  • ·         Cuando no queremos que lo que hacemos o decidimos provoque reacciones emocionales en los niños: nos vamos de casa, nos vamos de viaje, decirles que no a algo que desean y ahora no está pudiendo ser, etc…


Vamos a ponernos en claro, porque si  aclaramos quienes somos  podremos transitarnos para llegar a esa otra parte también nuestra de confianza, paz, serenidad, alegría y amor. Teóricamente, no funciona. Es en el acompañamiento de cada día.

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Mon Gómez

En La Puerta Azul trabajamos en grupos de confianza para creando lazos entre nosotros poder abrirnos y ayudarnos en esta tarea de acompañar desde el respeto y con la energía del grupo y nuestras tomas de conciencia, se vaya aposentando en nosotros esta nueva energía a la hora de estar y crecer con nuestros/as hijos/as o alumnos/as.
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